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Indice de Hechos de los Apóstoles en América

Jesuitas ensanchadores de México Beato Junípero Serra, fundador de ciudades

Hechos de los Apóstoles en América,

José María Iraburu

Venerable Antonio Margil de Jesús, el fraile de los pies alados

Los Colegios de Misiones
Régimen de vida
Antonio Margil de Jesús (1657-1726)
A pie y en Indias
El Colegio de la Santa Cruz de Querétaro
Velando el crucifijo de noche en el campo
Más al sur, en Talamanca, con más peligro
Buscando el martirio en la montaña
Verapaz y los choles
Entre los lacandones
El misionero de los pies alados
Guardián de la Santa Cruz de Querétaro
Desde el Colegio de Cristo, en Guatemala
Mucha cruz y poca espada
Desde el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, en Zacatecas
Los padres Zamora y Rebullida, mártires de Talamanca (+1709)
«Apretando con Jesús» en el Nayarit
Misionero en Texas
El final de un largo camino
Los pies benditos del evangelizador
La Venerable María de Jesús (1602-1665), misionera en México sin salir de Agreda

Los Colegios de Misiones

Es indudable que en América el impulso misional más fuerte se desarrolló en los dos primeros siglos de la evangelización. Posteriormente, la misma atención pastoral requerida por los españoles y los indios ya cristianos recabó del clero y de los religiosos un esfuerzo no pequeño. Sin embargo, en los siglos XVIII y XIX continuó también el empeño misionero, y no escasamente, como hemos de ver haciendo crónica de algunos ejemplos admirables.

En la acción evangelizadora del XVIII los Colegio de Misiones tuvieron especial importancia. La idea de constituirlos partió de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide, creada por Gregorio XV en 1622. La Orden franciscana, en el Capítulo General que celebró en Toledo en 1633, recogió la idea, y decidió instituirlos en España, Italia, Francia y la zona germano-belga. Por iniciativa del padre José Ximénez Samaniego, Ministro general de los franciscanos, aprobada por el papa Inocencio XI en 1679, se fundaron los dos primeros Colegios de Misiones, uno en Varatojo (Portugal), y otro en Nuestra Señora de la Hoz (España) (+F. de Lejarza, Conquista 7-32).

Poco depués el padre Samaniego pensó que sería muy conveniente fundar Colegios de Misiones en las mismas tierras americanas. Y así, con la aprobación entusiasta del Consejo de Indias y de Inocencio XI, se fundó en 1683 el convento franciscano de la Santa Cruz de Querétaro, en México. Este Colegio de Misiones tuvo una gran importancia en la actividad misionera posterior, pues de los 23 Colegios de Misiones que llegaron a fundarse en la América hispana, 14 de ellos proceden de Querétaro, entre ellos el de Guatemala (1692), Zacatecas (1704) y San Fernando (1734), en las afueras de la ciudad de México. Pronto se multiplicaron estos Colegios misioneros por toda América: en México, Pachuca (1733), Orizaba (1799) y Zapopán (1816); en Panamá (1785); y en la zona sudamericana Santa Rosa de Ocopa (1734), Popayán (1741), Tarija (1755), Cali (1757), Chillán (1756), Piritú (posterior a 1762), Moquegua (1795) y Tarata (1796).

Régimen de vida

Los Colegios de Misiones franciscanos dependían directamente de Propaganda Fide y de un Comisario de Misiones franciscano, residente en América. No estaban, pues, sujetos al Provincial de la provincia franciscana correspondiente. Su fin era muy claro: la conversión cristiana y la promoción integral de los indios.

En estos Colegios no se pasaba de los 30 religiosos: 26 sacerdotes y clérigos y 4 hermanos legos. La comunidad elegía su Guardián y establecía su propio reglamento de vida, aunque reconocía también los Estatutos Generales de los franciscanos. Los frailes de los Colegio de Misiones dedicaban dos horas diarias a la oración, cuidaban el rezo de las Horas y celebraban los maitines a media noche. Cada día tenían algunas conferencias sobre temas de teología y misionología, y prestaban especial atención al aprendizaje de las lenguas indígenas.

Estos Colegios misioneros fueron el corazón que impulsó los mayores avances evangelizadores entre aquellos indios que todavía en el XVIII no conocían a Cristo, ni habían sido asimilados por la Corona española. En la historia de las Misiones católicas constituyen una de las páginas más admirables.

A comienzos del XIX, con las guerras de la independencia, los bienes y edificios de los Colegios misionales fueron confiscados, los religiosos españoles fueron expulsados, y muchos indios volvieron a la idolatría y a la barbarie. Pero pocos años después, consolidada ya la independencia, todavía en la primera mitad del XIX, casi todos los Colegios fueron rehabilitados en América con la ayuda de las mismas autoridades políticas, que no podían menos de reconocer su inmenso mérito civilizador.

Dos apóstoles formidables podrán darnos un ejemplo de lo que hizo «Jesús, el Apóstol y Sacerdote de nuestra fe» (Heb 3,1), concretamente en México, a través de aquellos Colegios misioneros franciscanos: el Venerable fray Antonio Margil de Jesús, vinculado a los Colegios de Querétaro, Guatemala y Zacatecas, cuya biografía seguiremos en este capítulo con la ayuda de Eduardo Enrique Ríos; y el Beato fray Junípero Serra (1713-1748), que partió del Colegio de San Fernando de México, y del que trataré en el capítulo siguiente.

Antonio Margil de Jesús (1657-1726)

Eduardo Enrique Ríos nos cuenta la historia de Antonio Margil, que en 1657 nació en Valencia, capital del antiguo reino español, en la humilde familia formada por el matrimonio de Juan Margil y Esperanza Ros, que tuvieron otras dos hijas. A los siete años ayunaba a veces para poder llevar pan a los pobres de su escuela. Cumplidos los quince años, en 1673, entra en la Orden franciscana y toma el hábito en Valencia. Tres años de filosofía en Denia, y vuelta a Valencia para estudiar la teología.

A los veinticinco años es ordenado sacerdote, en 1682. Tuvo algunos ministerios en Onda y Denia, y pronto supo que el padre Linaz, mallorquín, había venido de México, buscando misioneros para los indios de Sierra Gorda, entre Querétaro y San Luis de Potosí. No tuvo que pensarlo fray Antonio mucho tiempo, y con el mismo padre Linaz, nombrado por la Propaganda Fide Prefecto de las Misiones en las Indias Occidentales, y con 17 padres más y 4 hermanos, se embarcó hacia América, y llegó a Veracruz a mediados de 1683.

A pie y en Indias

Poco antes Veracruz había sido arrasada por una docena de navíos piratas, y nuestros frailes, cumplida la caridad con aquella gente afligida, de dos en dos, por caminos distintos, se pusieron en camino hacia la ciudad de México y Querétaro. Hacían el viaje al estilo franciscano, iniciado en México siglo y medio antes por fray Martín de Valencia y los Doce: caminaban a pie y descalzos, sin alforja, con traza y realidad de pobres, alimentándose de limosna y pasando las noches en corrales o donde podían, armados sólo de un bastón, un crucifijo y el breviario. Cuando la pareja de caminantes franciscanos, flacos y pobres, entraba en los pueblos cantando y con la cruz en alto, la gente salía a recibirlos con especial alegría: sentía que allí llegaba el Evangelio, es decir, que allí venía el mismo Cristo.

Esta marcha apostólica fue para fray Antonio Margil de Jesús no más que un suave entrenamiento, pues en cuarenta y tres años de viajes misioneros él había de caminar decenas y decenas de miles de kilómetros, siempre descalzo y a pie, y a un paso muy ligero, como fraile de pies alados.

El Colegio de la Santa Cruz de Querétaro

El 13 de agosto llegó fray Margil a Querétaro con tres compañeros al convento de San Francisco, y dos días después, ya con el padre Linaz y los otros asignados, tomaron posesión del convento de la Santa Cruz. Todavía este primer Colegio de Misiones franciscano de América no tenía más que un claustro con doce celdas y unos pocos frailes.

En la expedición del padre Linaz vino también un padre de edad avanzada, fray Melchor López de Jesús, que durante muchos años fue el compañero inseparable de fray Margil en sus correrías apostólicas. En el Proceso de beatificación de éste, se aseguró que fray Melchor, el de aspecto marchito y hábito roto, había dicho en Valencia, cuando Antonio Margil era sólo un niño: éste «ha de ser mi compañero en las misiones de infieles».

Desde Querétaro, en 1684, se inicia la vida misionera de fray Margil de Jesús, una carrera que había de durar cuarenta y tres años, y que llevaría la luz del Evangelio a lo largo de itinerarios asombrosamente largos. Desde Natchitoches, en el nordeste, cerca de la bahía del Espíritu Santo, en el Mississippi, hasta Boruca, en el istmo de Panamá, y por todo el centro de México, a través de innumerables pueblos, ciudades y despoblados, también en el Yucatán y en Guatemala, fray Antonio Margil, viajando siempre a pie, predicó a españoles e indios, pero sobre todo, como evangelizador de vanguardia, a los indios de las zonas más lejanas, inhóspitas y peligrosas.

Velando el crucifijo de noche en el campo

En 1684, a poco de llegar, fray Margil y fray Melchor partieron para el sur, con la idea de llegar a Guatemala. Atravesando por los grandiosos paisajes de Tabasco, caminaron con muchos sufrimientos en jornadas interminables, atravesando selvas y montañas. No llevaban consigo alimentos, y dormían normalmente a la intemperie, atormentados a veces por los mosquitos. Predicaban donde podían, comían de lo que les daban, y sólamente descansaban media noche, pues la otra media, turnando entre los dos, se mantenían despiertos, en oración, velando el crucifijo.

En sus viajes misioneros, allí donde los parecía, en el claro de un bosque o en la cima de un cerro, tenían costumbre -como tantos otros misioneros- de plantar cruces de madera, tan altas como podían. Y ante la cruz, con toda devoción y entusiasmo, cantaban los dos frailes letrillas como aquélla: «Yo te adoro, Santa Cruz / puesta en el Monte Calvario: / en ti murió mi Jesús / para darme eterna luz / y librarme del contrario».

Cantar en los caminos interminables, para hacerlos más llevaderos, era igualmente antigua costumbre de los misioneros de América. Fray Margil, acompañado por el veterano fray Melchor, cantaba siempre, en los caminos o al entrar en los pueblos, en ayunas o no. Y eso que a veces llegaban a los pueblos tan extenuados, como una vez en Tuxtla, que los daban por moribundos; pero a los pocos días, otra vez estaban de camino.

De tal modo los indios de Chiapas quedaron conmovidos por aquella pareja de frailes, tan miserables y alegres, que cuando después veían llegar un franciscano, salían a recibirle con flores, ya que eran «compañeros de aquellos padres que ellos llamaban santos».

Así fueron misionando hasta Guatemala y Nicaragua. Ni las distancias ni el tiempo eran para ellos propiamente un problema: llevados por el amor de Cristo a los hombres, ellos llegaban a donde fuera preciso.

Más al sur, en Talamanca, con más peligro

En 1688 llegaron los padres Margil y Melchor a la extremidad sureste de Costa Rica, a la Sierra de Talamanca, donde vivían los indios talamancas, distribuidos en tribus varias de térrebas o terbis, cabécaras, urinamas y otras. Habían sido misionados hacía mucho tiempo por fray Pedro Alonso de Betanzos y fray Jacobo de Testera -aquél que fue a Nueva España en 1542 y llegó a conocer doce lenguas-, pero apenas quedaba en ellos huella alguna de cristianismo.

Eran indios bárbaros, cerriles, antropófagos, que ofrecían sacrificios humanos en cada luna, y que concebían la vida como un bandidaje permanente. Tratados por los españoles con dureza, se habían cerrado en sí mismos, con una hostilidad total hacia cuanto les fuera extraño. Entrar a ellos significaba jugarse la vida con grandes probabilidades de perderla.

En efecto, cuando entraron los dos frailes entre los talamancas, hubieron de pasar por peligros y sufrimientos muy grandes. Pero no se arredraron, y consiguieron, en primer lugar, que don Jacinto de Barrios Leal, presidente de Guatemala, no permitiese que se sacasen más indios del lugar para el trabajo en las haciendas.

En seguida ellos, con el esfuerzo de los indios, comenzaron a abrir caminos o a rehacer los que se habían cerrado. Levantaron iglesias con jarales y troncos, y fundaron las misiones de Santo Domingo, San Antonio, El Nombre de Jesús, La Santa Cruz, San Pedro y San Pablo, San José de los Cabécaras, La Santísima Trinidad de los Talamancas, La Concepción de Nuestra Señora, San Andrés, San Buenaventura de los Uracales y Nuestro Padre San Francisco de los Térrebas. Y aún hubo más fundaciones, San Agustín, San Juan Bautista y San Miguel Cabécar, que fray Margil menciona en cartas.

Así, con estas penetraciones misioneras de vanguardia, Fray Margil y fray Melchor abrían caminos al Evangelio, iniciando entre los indios la vida en Cristo. Luego otros franciscanos venían a cultivar lo que ellos habían plantado. Al comienzo, concretamente en Talamanca, las dificultades fueron tan grandes, que los dos franciscanos que en 1692 entraron a sustituirles, enfermaron de tal modo por la miseria de los alimentos, que «si no salieran con brevedad, hubieran muerto».

Los padres Margil y Melchor tenían un aguante increíble para vivir en condiciones durísimas, y así, por ejemplo, en una carta que escribieron en 1690 al presidente de Guatemala, se les ve contentos y felices en una situación que, como vemos, fue insoportable para otros misioneros:

«Siendo Dios nuestro Señor servido, con estos hábitos que sacamos del Colegio hemos de volver a él; y en cuanto a la comida, así entre cristianos como gentiles no nos ha faltado lo necesario y tenemos esa fe en el Señor que jamás nos ha de faltar; aunque es verdad que en todas estas naciones no hay más comidas que plátanos, yucas y otras frutas cortas, algún poco de maíz y en la Talamanca un poco de cacao... el afecto con que nos asisten con estas cosas, hartas veces nos ha enternecido el corazón». Fray Margil escribía también de estos indios al presidente: «Son docilísimos y muy cariñosos: su modo de vivir entre sí, los que están de paz, muy pacífico y caritativo, pues lo poco que tienen, todo es de todos». Y después de interceder por ellos, para que recibieran buen trato, añade: Estos indios «si sienten españoles, o se defenderán o se tirarán al monte», movidos del miedo. En cuanto a ellos, los frailes, sigue diciendo, «después que nos vieron solos y la verdad con que procuramos el bien de sus almas, se vencieron y... nos quisieron poner en su corazón».

Buscando el martirio en la montaña

En febrero de 1691 la iglesita de San José, cerca de Cabec, por ellos levantada, fue quemada por unos indios que vivían en unos palenques en las altas montañas. Los frailes Margil y Melchor, frente a la iglesia derruida y quemada, y ante los indios apenados, se quitaron el hábito, se cubrieron las cabezas con la ceniza, se ataron al cuello el cordón franciscano, y se disciplinaron largamente, mientras rezaban un viacrucis. Hecho lo cual, anunciaron que se iban a la montaña, a evangelizar a los indios rebeldes de los palenques. El intérprete que iba con ellos, Juan Antonio, no quiso seguirles, pero tuvo la delicadeza de preguntarles en dónde querían que enterrasen sus cuerpos, pues los daba ya por muertos. Ellos respondieron que en San Miguel.

Más tarde, los mismos protagonistas de esta aventura apostólica escribían: «Nos tiramos al monte... y llegando al primer palenque hallamos sus puertas y no hallamos nadie dentro... Estuvimos todo aquel día y noche en dicha casa». Como en ella encontraron un tambor, en el silencio de la montaña y del miedo se pusieron con él a cantar alabanzas al Señor. A la mañana siguiente, entraron en el poblado y no vieron sino mujeres, casi ocultas, que les hacían señales para que huyeran. Fray Margil y fray Melchor siguieron adelante, hasta dar con la casa del cacique, donde desamarraron la puerta para entrar.

Entonces los indios, hombres y mujeres, les rodearon con palos y lanzas. Ellos, amenazados y zarandeados, resistían firmes y obstinados. Pero los indios, «mostrándoles el Santo Cristo, lo escupieron y volvían los rostros para no verle, tirando muchas veces a hacerle pedazos», y uno de ellos dio un macanazo en la cara del crucifijo. Así, apaleados, empujados y molidos, los echaron fuera del pueblo, y ellos, con mucha pena, se volvieron a Cabec.

Nada de esto desanimaba o atemorizaba a Margil y Melchor, pues consideraban como algo normal que la evangelización fuera aparejada con el martirio. De allí se fueron a los indios borucas, lograron cristianizar a una tercera parte de ellos, y levantaron en Boruca una iglesia y un viacrucis.

Pasaron luego a los térrabas, los más peligrosos de la Talamanca, y con ellos alzaron una iglesia a San Francisco de Asís. Estando allí, enviaron un mensaje a los indios montañeses de los palenques, en el que les decían: «Para que sepáis que no estamos enojados con vosotros y que sólo buscamos vuestras almas... después que hayamos convertido a los térrabas... volveremos a besaros los pies».

Y así lo hicieron. Se fueron a los palenques de la montaña, e hicieron intención de abrazar y besar los pies a los ocho caciques que les salieron al encuentro. Uno de ellos estaba lleno de «furor diabólico», jurando matarles, y los otros siete, que iban en paz, avisaron a los frailes que otros muchos indios estaban con ánimo hostil. Fray Margil les dijo: «A ésos buscamos, a ésos nos habéis de llevar primero». Y siguieron adelante con la cruz en alto. Poco después aquellos indios, desconcertados por la bondad y el valor temerario de aquellos frailes, arrojaban a sus pies sus armas, les ofrecían frutas, y les traían enfermos para que los curaran.

En seguida, todos sentados en círculo, hicieron los frailes solemnemente el anuncio del Evangelio. Una sacerdotisa «gruesa y corpulenta» parecía ostentar la primacía religiosa. Y fray Melchor, por el intérprete, le dijo: «Entiende, hija, que vuestra total ruina consiste en adorar a los ídolos, que siendo hechuras de vuestras manos, los tenéis por dioses». Ella, dando «un pellizco» al crucifijo, argumentó: «También éste que adoráis por Dios es hechura de las vuestras». Así comenzó el diálogo y la predicación, que terminó, después de muchas conversaciones, en la abjuración de la idolatría, y en la destrucción de los ídolos. Fray Margil, con el mayor entusiasmo, iba echando a una hoguera todos los que le entregaban.

Varios meses permanecieron Fray Margil y fray Melchor predicando y bautizando a aquellos indios, que no mucho antes estuvieron a punto de matarles. Levantaron dos iglesias, en honor de San Buenaventura y de San Andrés. Lograron que aquel pueblo hiciera la paz con los térrabas, sus enemigos de siempre. Y cuando ya hubieron de partir, recibieron grandes muestras de amistad. La que había sido sacerdotisa pagana, les dijo con mucha pena: «Estábamos como niños pequeños, mamando la leche dulce de vuestra doctrina». Ellos también se fueron con mucha lástima, aunque un tanto decepcionados por no haber llegado a sufrir el martirio que buscaban.

A la vuelta de estas aventuras, los dos frailes solían quedar destrozados, enfermos de bubas, los pies llagados e infectados por las picaduras de espinos y de mosquitos, y los hábitos llenos de rotos, que tapaban con cortezas de máxtate.

Verapaz y los choles

Según datos ofrecidos por Francisco de Solano (Los mayas 118-121), en la Guatemala de 1689 los franciscanos tenían 22 conventos, que servían unos 70 anejos, -todos ellos llevaban nombres de santos-, en los que vivían unas 55.000 «almas de confesión», es decir, con los niños, unos 100.000 cristianos. Los dominicos atendían pastoralmente un número semejante, y lo mismo los seculares y mercedarios, con lo que el número de indios cristianos en aquella zona era de unos 300.000.

Había, sin embargo, todavía naciones de indios que se resistían tanto al Evangelio, como al dominio hispano, y entre ellos se contaban los de la región de Verapaz. El obispo de Guatemala rogó a nuestros dos frailes misioneros que pasaron a evangelizar y pacificar a aquellos indios del norte de país. Y sin pensarlo dos veces, allí se fueron fray Margil y fray Melchor en 1691.

Al entrar en los pueblos, iban con la cruz alzada, cantando el Alabado, saludaban a todos, ponían la cruz en manos del cacique y le pedían los ídolos, asegurándoles que no valían para nada. Entregaban los indios, sacándolos de sus escondrijos, figurillas de piedra o madera, hule o copa, y mientras todo ardía en el fuego, fray Margil y fray Melchor, para desagraviar al Creador y Redentor, se disciplinaban y castigaban con diversas penitencias. La acción evangelizadora de estos frailes fue de tal modo recibida, que más tarde, cuando llegaban a otro pueblo, encontraban a veces la hoguera ya preparada para quemar en ella los ídolos.

A mediados de 1692, pasaron los dos misioneros a los choles. Estos indios ya en 1574 habían sido evangelizados por los dominicos de Cobán, que está al centro de la Guatemala actual, y para 1633 había en la nación Chol unos seis mil cristianos, reunidos en numerosas poblaciones. Pero en ese año se rebelaron y quemaron todas las iglesias, volviendo a su género anterior de vida. Todavía en 1671 un hermano dominico, y un decenio después algunos padres llamados por él, intentaron cristianizar los choles.

Con estos precedentes, cuando fray Margil y fray Melchor, informados por los dominicos, fueron a los choles, «toleraron hambres, descomodidades y peligros; y hubo veces que los tuvieron desnudos, atados a un palo día y noche, descargando lluvia de azotes sobre sus fatigados miembros». Cuando los dos frailes contaban más tarde esta misión, se limitaban a decir: «Padecimos lo que el Señor fue servido». Y tuvieron un éxito no pequeño, pues lograron fundar ocho pueblos, cada uno con su iglesia.

Entre los lacandones

1692-1697. A mediados de 1692, recibieron nuestros frailes unos indios enviados por el alcalde de Cobán, que les rogaron fuesen a evangelizar a los lacandones. Estos indios, radicados en torno al río Usumacinta superior, y extendidos hacia las selvas meridionales, obstruían la relación entre Yucatán y Guatemala. Eran muy feroces, siempre irreductibles, y nadie se atrevía a internarse por su zona. En 1555, los primeros apóstoles de los lacandones, los dominicos Andrés López y Domingo de Vico, habían muerto en sus manos. Era, pues, ésta una misión perfectamente adecuada para nuestros dos misioneros, que hacía tiempo habían dado ya su vida por perdida.

Margil y Melchor, con algunos guías indios, partieron de la próspera población de Cobán, con algunos bastimentos, hacia la sierra de los lacandones. Tras varias semanas de marcha, en medio de sufrimientos indecibles, y consumidos los víveres, fueron abandonados por los guías, que tenían horror a los lacandones, y después de seis meses de hambres y calamidades extremas, habiendo conseguido nuevos guías, llegaron medio muertos al primer poblado de los lacandones. Estos los molieron a golpes, les destrozaron los hábitos y cuanto llevaban consigo, y los encerraron en una cabaña durante cinco días, con intención de sacrificarlos después. De todos modos, en ese tiempo los religiosos se las arreglaron para discutir con los indios. Pero ni los indios conseguían que los frailes adorasen sus ídolos, ni los frailes conseguían que los indios venerasen la cruz.

Un cacique viejo propuso entonces que fuera a Cobán fray Margil con varios lacandones, y que si les recibían bien, sólamente entonces creerían que los frailes venían en son de paz. Fray Melchor quedó como rehén, y fray Margil partió con doce lacandones tan rápidamente que llegaron a Cobán en quince días. Permitió Dios, sin embargo, que con el cambio de clima, de los doce indios muriesen diez. Al regreso, los lacandones molieron a golpes a Margil, que con fray Melchor, hubo de regresar a los dominicos de Cobán. Se ve que no había llegado todavía para los lacandones la hora de Dios.

De allí se fueron a misionar unos pueblos de choles en la Verapaz, donde había ya franciscanos de Querétaro. Fray Margil quedó en el pueblo de Belén, para aprender la lengua cholti, y después de diez años de andar siempre juntos, fray Melchor, su fiel compañero y amigo, partió a misionar más al sur.

Se organizó por entonces una expedición de seiscientos soldados, que sería conducida por el mismo presidente de Guatemala, don Jacinto de Barrios Leal, para abrir camino entre Yucatán y Guatemala. Fray Margil, experto en caminos, asesoró con otros el proyecto. La marcha fue larga y muy penosa, y en los descansos y comidas fray Margil no se quedaba con el grupo formado por Barrios, su séquito y otros religiosos, sino que se iba a sentar con los indios, a quienes les cedía el vino que le daban, pues él sólo bebía agua, y poca.

Días y semanas continuó la marcha hacia los lacandones, abriéndose muchas veces el camino con machetes. A los tres meses llegaron por fin a los lacandones, y precisamente al pueblo donde hacía más de un año estuvieron a punto de morir fray Margil y fray Melchor. Allí, con el nombre de Nuestra Señora de los Dolores, que aún dura, se hizo pueblo, fuerte e iglesia. En Dolores tradujo fray Margil a la lengua lacandón una síntesis de la doctrina cristiana, en la que fueron instruídos los indios.

Un mercedario de la expedición, fray Blas Guillén, contó después que fray Margil oraba de rodillas desde la mitad de la noche hasta el amanecer, y que en la procesión del Corpus de 1695, «sin quitar la vista del Santísimo Sacramento que yo llevaba, caminaba de espaldas tañendo, danzando y cantando, con tanta agilidad y extraordinarios saltos, que se suspendía casi a una vara del suelo, exhalando en el rostro incomparable alegría». Hasta marzo de 1697 estuvo fray Margil con los lacandones, evangelizándoles y honrando en ellos el nombre de Cristo.

El misionero de los pies alados

Por esas fechas le llegó nombramiento de rector del Colegio de la Santa Cruz de Querétaro. La Orden franciscana no había elegido para ese importante cargo a un fraile lleno de diplomas y erudiciones, sino a un misionero que llevaba trece años «gastándose y desgastándose» por los indios (+2Cor 12,15). Todos lloraron en la despedida, fray Margil, fray Blas y los indios. En dos semanas, no se sabe cómo, con su paso acelerado, se llegó fray Margil a Santo Domingo de Chiapas, a unos 600 kilómetros. Y en diez días hizo a pie el camino de Oaxaca a Querétaro, que son unos 950 kilómetros....

Este fraile iba tan rápidamente por los caminos del Evangelio -«la caridad de Cristo nos urge» (2Cor 5,14)-, que con frecuencia llegaba a los lugares antes que sus compañeros de a caballo. Se cuenta que, en una ocasión, estando en Zacatecas, para llegar al canto de la Salve, un día corrió en unos pocos minutos una legua, algo menos de 6 kilómetros. Esa vez llevaba agarrado a su hábito a un compañero fraile, que al llegar estaba tan mareado, que tuvo que ser atendido en la enfermería. Cuando le preguntaban cómo podía volar así por los caminos, él respondía: «Tengo mis atajos y Dios también me ayuda».

Guardián de la Santa Cruz de Querétaro

A este paso suyo, el 22 de abril de 1697 llegó a Querétaro. En el camino real le esperaba su comunidad, que había salido a recibir al famoso padre, que había partido a misionar hacía trece años. Los frailes le vieron llegar «tostado de soles, con un hábito muy remendado, el sombrero colgado a la espalda, y en la cuerda, pendiente, una calavera».

El Colegio de la Santa Cruz, durante esos trece años, había crecido mucho, relanzando con fuerza las acciones misioneras. Fray Margil, como guardián, reinició su vida comunitaria claustral, después de tantos años de vida nómada y azarosa. Con los religiosos era tan solícito como exigente. A un novicio que andaba pensando en dejar los hábitos le dijo: «Al cielo no se va comiendo buñuelos». No gustaba de honores externos, y cuando en un viacrucis un religioso, en las vueltas, se obstinaba en darle siempre el lado derecho, él le dijo: «Déjese de eso y vaya por donde le tocare, que en la calle de la Amargura no anduvieron en esas cortesías con Jesucristo».

Estando al frente de la comunidad, él daba ejemplo en todo, yendo siempre el primero en la vida santa, orante y penitente. Su celda era muy pobre, y en ella tenía dos argollas en donde, cuando no le veían, se ponía a orar en cruz. Dormía de ocho a once, se levantaba entonces, y con el portero fray Antonio de los Angeles leía un capítulo de la Mística Ciudad de Dios, de sor María de Agreda. Después, escribe fray Margil, «se sentaba él como mi maestro y yo decía mis culpas postrado a sus pies, y en penitencia me tendía yo en el suelo, boca arriba, y me pisaba la boca diciendo tres credos... luego me asentaba yo y él hacía lo mismo». Seguía en oración toda la noche, y por la mañana, sin desayunar, decía misa y confesaba hasta la hora de comer, en que sólamente tomaba un caldo y verduras. Por la tarde asistía a la conferencia moral y visitaba a los enfermos.

Fray Margil unió siempre a la vida conventual otros ministerios externos. Hizo diversas predicaciones en Valladolid, Michoacán y México. Y en el mismo Querétaro predicaba los domingos en el mercado. Su encendida palabra -a veces tan dura que fue denunciado al Santo Oficio- logró terminar con las casas de juego y las comedias inmorales. Un día le llegó noticia de que en octubre de 1698 fray Melchor había fallecido misionando en Honduras. Las campanas del convento elevaron su voz al cielo, y fray Margil comentó: «Si estuviera en mi mano, no mandara doblar [a difuntos], sino soltar un repique muy alegre, porque ya ese ángel está con Dios».

Terminado su trienio de guardián, fray Margil fue enviado por el Comisario General de nuevo a Guatemala. Llevaba consigo una cédula que le hacía muy feliz, pues en ella la Propaganda Fide autorizaba a abrir un Colegio de Misiones en Guatemala, el segundo de América.

Desde el Colegio de Cristo, en Guatemala

El 8 de mayo de 1701 se echaron los cordeles para iniciar el templo y el convento del Colegio de Cristo, en Guatemala. Fue elegido fray Margil como su primer guardián, pero una vez ordenadas allí las cosas espirituales y materiales, no tardó mucho en irse a misionar a los indios. Partió con fray Rodrigo de Betancourt hacia Nicaragua, predicando y misionando en León, Granada, Sébaco, y en la Tologalpa nicaragüense, en el país de los brujos.

En aquella zona los indios, ajenos a la autoridad hispana, seguían haciendo sacrificios humanos, realizaban toda clase de brujerías, y según una Relación de religiosos, se comían a los prisioneros de guerra, bien sazonados «en chile o pimiento». El primer biógrafo de fray Margil, el padre Isidro Félix de Espinoza, basado en informes realizados por aquél, dice que los indios de la región de Sébaco sacrificaban en una cueva cada semana «ocho personas grandes y pequeñas, degollándolas y ofreciendo la sangre a sus infames ídolos», y que la carne de las víctimas sacrificadas «era horroroso pasto de su brutalidad».

A mediados de 1703, volvió fray Margil al Colegio de Cristo una temporada, a consolidar la construcción material y espiritual de aquel nuevo Colegio de Misiones, y a vivir en la comunidad el régimen claustral, según la norma que él mismo se había dado: «Sueño, tres horas de noche y una de siesta; alimentos, nada por la mañana; al mediodía el caldo y las yerbas...» De nuevo partió a misionar, esta vez a la vecina provincia de Suchiltepequez, donde todavía existía un numero muy grande de papas, brujos y sacerdotes de los antiguos cultos.

Ayudado por fray Tomás Delgado, consiguió fray Margil entre aquellos pobres indios, oprimidos por maleficios, temores y supersticiones, grandes victorias para Cristo. Cuatro papas, voluntariamente, se fueron al Colegio de Cristo, donde fueron catequizados y permanecieron hasta su muerte.

Mucha cruz y poca espada

Las cartas-informes escritas por fray Margil en esos años solían ser firmadas humildemente: «La misma nada, Fr. Antonio Margil de Jesús». En ellas se dan noticias y opiniones de sumo interés. En una de ellas, del 2 de marzo de 1705, se toca el tema de la conquista espiritual hecha con la cruz y la espada. Dice así: «Como es notorio y consta de tradición y de varios libros historiales, en ningún reino, provincia ni distrito de esta dilatada América se ha logrado reducción de indios sin que a la predicación evangélica y trato suave de los ministros, acompañe el miedo y respeto que ellos tienen a los españoles».

Guiado por esta convicción, a lo largo de su vida misionera, en muchas ocasiones vemos cómo fray Margil, lo mismo que otros misioneros anteriores y posteriores de América, propuso y asesoró a los gobernadores las entradas de soldados entre los indios. En realidad, en la inmensa mayoría de las entradas pacificadoras y evangelizadoras realizadas en América, solía haber muy poca espada, y mucha cruz.

Concretamente, fray Margil, que ya había concluído su guardianía y que era entonces vicecomisario de misiones, propuso que una expedición de cincuenta hombres entrara a los indios de Talamanca, donde el bendito fray Pablo de Rebullida, que ya hablaba siete lenguas indígenas, venía trabajando con grandes dificultades hacía años. El mismo fray Margil se integró en la expedición, y así llegó de nuevo entre los indios de Talamanca.

Pero estaba de Dios que terminara ya su acción misionera en el sur. En efecto, por esas fechas fue llamado para fundar en Zacatecas otro Colegio de Misiones. Para entonces, muchos lugares, entre Chiapas y Panamá, habían recibido para siempre el sello de Cristo que en ellos había marcado fray Margil con otros misioneros. Muchos pueblos habían sido testigos de su caminar alado, de sus oraciones y penitencias, de sus predicaciones y milagros. En cien lugares diversos se guardaría memoria de él durante siglos: «Aquí estuvo fray Margil de Jesús».

Milagros, en efecto, hizo muchos fray Margil. En un cierto lugar, se acercó a una niña muerta, y con decirle «Ya María, ya basta, ven de donde estás», la había devuelto a la vida. En otra ocasión, un ladrón le detuvo en la mitad de un bosque, pero terminó de rodillas, confesándole sus pecados. Y fray Margil, después de haberle reconciliado con Dios, lo remitió al guardián de un convento próximo, seguro de que iba a morir: en una carta suya que llevaba el ladrón arrepentido decía: «Dará V. P. sepultura al portador».

Desde el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe, en Zacatecas

De nuevo en 1706 el paso rápido de fray Margil recorre los senderos de la Nueva España: México, Querétaro, y finalmente -por el camino que, según se dice, abrió aquel antiguo carretero, el franciscano beato Sebastián de Aparicio-, Zacatecas, donde había de fundar el tercer Colegio de Misiones de Propaganda Fide. Fray Margil, que tuvo siempre una profunda devoción a Nuestra Señora de Guadalupe, y que extendió su culto por toda la América Central, tuvo ahora la alegría de poner el Colegio misionero de Zacatecas bajo el dulce nombre de la Virgen Guadalupana.

Desde allí salió a predicar a muchas ciudades y pueblos de la región: Guadalajara, zona de Jalisco, Durango, Querétaro, San Juan del Río, Santa María de los Lagos -que se quedó luego en Lagos de Moreno-, siempre llevado por sus rápidos pies descalzos, sin conocer nunca vacaciones ni más descansos que los indispensables. Solía decir: «Para gozar de Dios nos queda una eternidad; pero para hacer algo en servicio de Dios y bien de nuestros hermanos, es muy corto [el tiempo] hasta el fin del mundo». En Guadalajara conoció a las carmelitas de Santa Teresa de Jesús, especialmente a Sor Leonor de San José, con quien tuvo una preciosa relación epistolar durante años.

Los padres Zamora y Rebullida, mártires de Talamanca (+1709)

Ya vimos que los padres Margil y Melchor, en 1688, en condiciones durísimas, lograron plantar la Iglesia entre los indios talamancas, y cómo algunos frailes, que les sucedieron allí, no pudieron soportar la dureza de aquellas misiones. Pero otros, en cambio, sí fueron capaces de permanecer y de continuar la misión de los dos primeros apóstoles.

En un informe de fray Francisco de San José a la Audiencia real de Guatemala, describe las terribles privaciones que sufrían los misioneros, y concluye diciendo: «llevan los ministros evangélicos la vida perdida; y así no se espantará V. S. de que les tiemble la barba a los seis que dicen están señalados para Talamanca de esta santa Provincia [franciscana], aunque sean de mucho espíritu, valor y robusta naturaleza, pues tienen experiencia que yo, de dos años que estuve, salí con humor gálico, y mi compañero [fray Pablo] salió a los cuatro con cuartanas, cuajado de granos y diviesos, y muy mal humorado» (+Ignacio Omaechevarría, Los mártires de Talamanca 25-78).

Entre los misioneros franciscanos de Talamanca hemos de recordar a fray Juan Francisco Antonio de Zamora, burgalés de Belorado, llegado a Guatemala en 1696, y a fray Pablo de Rebullida, natural de Fraga, en Huesca, llegado a la zona en 1694, procedente del Colegio de Misiones de Querétaro. El padre Rebullida logró aprender todos los idiomas de los indios de la Sierra, y hubo años que se mantuvo solo en estas misiones. En su primera campaña apostólica (1695-1699) ya fue alanceado en una ocasión por unos indios, que profanaron cuantos objetos sagrados llevaba consigo. Pero, a pesar de todo, consiguió bautizar 1.450 indios y bendecir 120 matrimonios.

En 1699 emprendió su segunda campaña, y cuatro indios anduvieron un tiempo buscando ocasión para cortarle la cabeza a él y a su compañero. El padre Rebullida escribía en 1702 a su Provincial: «Y están muy arrepentidos de que yo y mi compañero tengamos la cabeza sobre el cuello». La acción misionera continuaba, pero siempre con peligro de muerte.

El 18 de agosto de 1704 el padre Rebullida escribe a fray Margil informándole del estado de estas misiones: «En esta última vez que visité a los talamancas, se me alborotaron tres veces, y otra me apedrearon. Mire cómo están mansos estos indios. Agora volví a proseguir, llegué hasta San Miguel y buaticé 40 criaturas. La idolatría está muy radicada. Aunque les pida las piedras, responden que no quieren darlas. Casamientos, no hay que hablar, porque no se quieren casar; sino, cuando se les antoja, dejan una y toman otra. Los enfermos, para confesarlos, no los quieren descubrir, sino negarlos. En este pueblo de Orinama, por dos ocasiones, se me alborotó un indio con macanas y flechas» (+Omaechavarría 30-31).

En medio de tantos peligros y resistencias, los padres Rebullida y Zamora informaban en 1709 que en Talamanca y Terbi habían construido 14 iglesias y bautizado 950 niños. En ese año fue cuando estalló la rebelión en Talamanca. El cacique Presberi, viendo un día que los misioneros preparaban el envío de una carta, supuso que en ella se llamaba a los españoles, y al punto procuró el alzamiento de varias tribus. Al padre Rebullida, mientras decía misa, le cortaron la cabeza de un hachazo. Al padre Zamora lo atravesaron con una lanza, y mataron con él también a dos soldados, y a la mujer y niño de uno de ellos. Quemaron las 14 iglesias de las misiones, y de tal modo destruyeron y dispersaron todos los objetos litúrgicos, que todavía en 1874 un geólogo norteamericano, William M. Gabb, pudo descubrir en un riachuelo, cerca de Cabécar, un trozo de incensario, que cedió al Instituto Smithsoniano de Washington.

La noticia de la ruina de las misiones de Talamanca llegó a fray Margil, en Querétaro, ese mismo año de 1709. Evangelio, cruz y sangre: como siempre, desde el principio, desde Cristo. Ya decía fray Margil: «La mejor señal de amor es padecer y callar». En todo caso, estos fracasos aparentes -pues siempre la cruz es victoria-, no eran para él sino estímulos acuciantes hacia nuevas acciones misioneras.

«Apretando con Jesús» en el Nayarit

En efecto, en ese mismo año de 1709 el Rey había autorizado al gobierno de Guadalajara para que organizase una entrada a los indios de la Sierra del Nayarit, en la Sierra Madre Occidental, resistentes a todo gobierno hispano y a toda luz evangélica. Ocho años antes, los nayaritas habían flechado y muerto en sus montañas a Francisco Bracamonte, a un clérigo y a diez soldados. Ahora, en la cédula real se indicaba que la parte evangelizadora de la empresa fuera conducida por fray Margil, «diestro y experimentado en apostólicas correrías».

A comienzos de 1711, ejerciendo esa función asesora, fray Margil escribe a la autoridad de Guadalajara, y solicita para todos los indios cora y nayaritas que en la próxima expedición fueran pacificados, un indulto general, de modo que no fueran castigados por los delitos cometidos en sus tiempos de rebeldía. Al mismo tiempo indicaba: «También convendrá ofrecerles a los indios que se redujeren y estuvieren como buenos cristianos que no se les pondrá Alcalde Mayor ni otra justicia española, sino que el pueblo que se formare con su iglesia tendrá su Alcalde indio, de ellos mismos». Y otra cosa más: «Que no se permitirá entren a sus pueblos negros, mulatos, mestizos, sino los que los misioneros les pareciere ser conveniente».

La víspera de partir a esta acción misional, el 15 de abril de 1711, fray Margil le escribía a Sor Leonor: «Ya de aquí [de San Luis de Colotlán] iremos acercándonos al Nayarit, y así, ahora, apretar con nuestro buen Jesús... para que aquellos pobres reciban la fe... Acompañemos todos a Jesús. El solo sea el misionero y nosotros... sus jumentillos». La expresión se repite en carta del 25 de abril a la misma: «Apretar con nuestro Jesús».

La expedición fue un fracaso. En mayo, desde Guazamota, fue enviada al jefe de los nayaritas una embajada de dos indios, uno de los cuales, Pablo Felipe, hablaba la lengua cora. Ellos leyeron solemnemente a los nayaritas la cédula real, en la que se proponían medios pacíficos de conquista, y el ofrecimiento de amistad. Pero la respuesta del rey nayarit fue tajante: «No se cansen los padres misioneros. Sin los padres y los alcaldes mayores estamos en quietud, y si quieren matarnos que nos maten, que no nos hemos de dar para que nos hagan cristianos».

Fray Margil y fray Luis decidieron insistir, y el 21 de mayo se entraron en la sierra, armados sólamente con unas cruces de madera. Al fin llegaron a un lugar donde treinta arqueros les atajaron el paso. Fray Margil les habló con la mayor bondad, y luego él con fray Luis se pusieron de rodillas, con los brazos en cruz, para que los flecharan. Los indios bajaron sus arcos, pero siguieron en su obstinada negativa, respondiendo por Pablo Felipe la misma palabra: «Que no quieren ser cristianos». No los flecharon, pero les echaron en burla un zorro lleno de paja: «¡Tomad eso para comer!».

Años después, cuando los jesuítas lograron penetrar en la sierra nayarita, veneraban el árbol donde una noche fray Margil lloró, al ver que los indios del Gran Nayar rechazaban a Jesucristo. Entonces, tanto nayares como jesuitas, se quitaban el sombrero ante aquel árbol, en recuerdo devoto del bienaventurado siervo de Dios, Margil de Jesús.

Misionero en Texas

El Colegio de Guadalupe, de Zacatecas, no había fundado todavía ninguna misión, y como fray Margil tenía licencia del Comisario franciscano para predicar en cualquier lugar de la Nueva España, eligió el norte. «Ya que este Colegio hasta ahora no ha podido tratar de infieles -escribía a comienzos de 1714-, será bueno que yo, como indigno negrito de mi ama de Guadalupe, pruebe la mano y Dios nuestro Señor obre».

Acercándose ya a los sesenta años, fray Margil estaba flaco y encorvado, sus pies eran feos y negros como los de los indios, y ya no caminaba ligero, como antes, pero conservaba entera su alegría y su afán misionero era cada vez mayor. Había fundado por ese tiempo en el real de Boca de Leones un hospital para misioneros de Zacatecas, y allí se estuvo, esperando irse a misionar a Texas, al norte.

Desde finales del siglo XVII, veinte años antes, misioneros de Querétaro y de Zacatecas -Massanet, Cazañas, Bordoy, Hidalgo, Salazar, Fontcuberta- habían misionado en el Nuevo Reino de León, en Cohauila, en Texas y Nuevo México. Pero aquellas misiones, tan costosamente plantadas, no acababan de prender, unas veces por lo despoblado de aquellos parajes, otras por los ataques de los indios, y también porque apenas llegaba allí el influjo de la autoridad civil española. Años hubo en que fray Francisco Hidalgo quedó solo, a la buena de Dios, e hizo varios viajes más allá del río de la Trinidad, cerca del actual Houston, para asegurar a los indios de las antiguas misiones de San Francisco y Jesús María, que ya pronto regresarían los padres.

En 1714, ciertas intromisiones del francés Luis de Saint Denis con veinticinco hombres armados, que se acercó hasta el presidio de San Juan Bautista, junto a río Grande, alarmaron a las autoridades virreinales de México, que por primera vez comprendieron el peligro de que se perdieran para la Corona española las provincias del norte y Texas. Se dispuso, pues, a comienzos de 1716, una expedición de veinticinco soldados con sus familias, al mando del capitán Domingo Ramón, que con la ayuda de misioneros de Querétaro y de Zacatecas, habrían de asentarse en cuatro misiones.

Los cinco frailes de la Santa Cruz -entre ellos el padre Hidalgo, aquél que se había quedado solo para asegurar a los indios el regreso de los frailes-, fueron conducidos por fray Isidro Félix de Espinoza, biógrafo de fray Margil. Y otros cinco religiosos del Colegio de Guadalupe partieron bajo la autoridad de fray Margil de Jesús. Formaban entre todos una gran caravana de setenta y cinco personas, frailes y soldados con sus mujeres y niños. En una larga hilera de carretas, y arreando más de mil cabezas de ganado, partieron todos hacia el norte, para fundar poblaciones misionales en Texas.

Cuando fray Margil, que salió más tarde, se reunión con ellos en julio de 1716, ya cuatro misiones habían sido fundadas en Texas, más allá del río de la Trinidad: San Francisco de Asís, la Purísima Concepción, Nuestra Señora de Guadalupe y San José, en las tierras de los indios nacoches, asinais, nacogdochis y nazonis. Fray Margil, con seis religiosos más, quedó todo el año 1716 en Guadalupe de los Nacogdochis. Y en 1717, durante el invierno, muy frío por aquellas zonas, salió fray Margil con otro religioso y el capitán Ramón hacia el fuerte francés de Natchitoches, a orillas del río Rojo, y allí fundaron dos misiones, San Miguel de Linares y Nuestra Señora de los Dolores.

Mientras que Ramón y el antes mencionado Saint Denis hacían negocios de contrabando y comerciaban con caballos texanos, los misioneros quedaron solos y hambrientos. Concretamente Fray Margil, en 1717, cuando murió el hermano lego que le acompañaba, llegó a estar solo con los indios en la misión de Los Dolores, solo y con hambre. Desayunaba, cuenta Espinoza, «un poco de maíz tostado y remolido. Al mediodía y por la noche volvía a comer maíz y tal vez algunos granos de frijol sazonados con saltierra, pues sal limpia pocas veces alcanzaba a las comidas.

Un día llegó en el que faltándole estos groseros alimentos, comió carne de cuervo. Y decía: «Como el oro en la hornilla prueba Dios a sus siervos. Si está con nosotros en la tribulación, ya no es tribulación, sino gloria»». La verdad es que fray Margil tenía allí mucho tiempo para orar, y después de tantos años de viajes y trabajos, vivía en la más completa paz, en el silencio de aquellos paisajes grandiosos. Así pasó dos años con ánimo excelente, que le llevaba a escribir: «Perseveremos hasta dar la vida en esta demanda como los Apóstoles... ¿Hay algo mejor?».

En 1719, las misiones de Zacatecas en Texas -Guadalupe, Los Dolores y San Miguel- y las que dependían de Querétaro -La Purísima, San Francisco y San José-, apenas podían subsistir, pues el Virrey no mandaba españoles que fundaran villas en la región. La guerra entre España y Francia había empeorado la situación, y el comandante francés de Natchitoches, Saint Denis, saqueó la misión de San Miguel.

Tuvieron, pues, que ser abandonadas las misiones, a pesar de que «los indios se ofrecían a poner espías por los caminos y avisar luego que supiesen venían marchando los franceses». Enterraron en el monte las campanas y todo lo más pesado, y se replegaron a la misión de San Antonio, hoy gran ciudad. Allí fray Margil no se estuvo ocioso, pues en 1720 fundó la misión de San José, junto al río San Antonio, que fue la más prospera de Texas.

Por fin en 1721 llegó una fuerte expedición española enviada por el gobernador de Coahuila y Texas, y los frailes pudieron hacer renacer todas sus misiones, una tras otra. Pero fray Margil, elegido guardián del Colegio misional de Zacatecas para el trienio 1722-1725, hubo de abandonar para siempre aquellas tierras lejanas, silenciosas y frías, en las que durante seis años había vivido con el Señor, sirviendo a los indios.

El final de un largo camino

Vuelto fray Margil a Zacatecas en 1722, hizo con el padre Espinoza, guardián de Querétaro, una visita al Virrey de México, para exponerle la situación de Texas y pedir ayudas más estables y consistentes. La ayuda de la Corona española a las misiones no era ya entonces lo que había sido en los siglos XVI y XVII, durante el gobierno de la Casa de Austria. Ahora, se quejaba Espinoza, diciendo: «como el principal asunto de los gobernadores y capitanes no es tomar con empeño la conversión de los indios, quieren que los padres lo carguen todo y que las misiones vayan en aumento sin que les cueste a ellos el menor trabajo». La visita al Virrey, que les acogió con gran cortesía, apenas valió para nada.

Fray Margil, aprovechando el viaje, predicó en México y en Querétaro. A mediados de 1725, con otro fraile, se retiró unos meses a la hacienda que unos amigos tenían cerca de Zacatecas. A sus sesenta y ocho años, estaba ya muy agotado y consumido, pero de todas partes le llamaban invitándole a predicar. Aún pudo predicar misiones en Guadalajara, en varios pueblos de Michoacán, en Valladolid.

A veces tuvo que viajar de noche y a caballo, pues los indios de día le salían al paso, con flores, música y cruz alzada, y no le dejaban ir adelante. En Querétaro tuvo un ataque y quedó insconciente una hora. Cuando volvió en sí, un amigo le preguntó si sentía lástima de dejar la actividad misionera. A lo que fray Margil contestó: «Si Dios quiere, sacará un borrico a la plaza y hará de él un predicador que convierta al mundo».

Ya muy enfermo, le llevaron al convento de México, para que allí recibiera mejores cuidados médicos. Fray Manuel de las Heras recibó su última confesión, y él mismo cuenta que, al quedar perplejo, viendo tan tenues faltas en tantos años de vida, fray Margil le dijo: «Si Vuestra Reverencia viera en el aire una bola de oro, que es un metal tan pesado, ¿pudiera persuadirse a que por sí sola se mantenía? No, sino que alguna mano invisible la sustentaba. Pues así yo, he sido un bruto, que si Dios no me hubiera tenido de su mano, no sé que hubiera sido de mí».

El padre las Heras, impresionado, siguió explorando delicadamente aquella conciencia tan santa, y pudo lograr alguna preciosa confidencia, como aquélla en la que fray Margil le dijo con toda humildad que «acabando de consagrar, parece que el mismo Cristo le respondía desde la hostia consagrada con las mismas palabras de la consagración, haciendo alusión al cuerpo del V. Padre: Hoc est Corpus Meum, favor que dicho Padre atribuía a que siempre había estado, o procurado estar, vestido de Jesucristo».

El 3 de agosto decía fray Margil: «¡Dispuesto está, Señor, mi corazón, dispuesto está!». Y el día 6 de agosto de 1726, día de su muerte y de su nacimiento definitivo, dijo: «Ya es hora de ir a ver a Dios».

Los pies benditos del evangelizador

La asistencia de la gente, que se acercaba a venerar en la sacristía de San Francisco los restos de fray Margil, fue tan cuatiosa que «hacía olas», y hubo de hacerse presente la guardia del palacio. Todos querían venerar aquellos pies sagrados de fray Margil, que -como escribió el Arzobispo de Manila, en unas exequias celebradas en México días más tarde- habían quedado «tan dóciles, tan tratables, tan hermosos sin ruga ni nota alguna. Pies que anduvieron tantos millares de leguas tan descalzos y fatigados en los caminos, tan endurecidos en los pedregales, tan quebrantados en las montañas, tan ensangrentados en los espinos... ¡Qué mucho que se conservasen hermosos pies que pisaron cuanto aprecia el mundo!».

En 1836 fueron declaradas heroicas las virtudes del Venerable siervo de Dios fray Antonio Margil de Jesús, cuyos restos reposan en La Purísima de la ciudad de México. Aquellas palabras de Isaías 52,7 podrían ser su epitafio:

«¡Qué hermosos son sobre los montes

los pies del heraldo que anuncia la paz,

que trae la Buena Noticia!»

La Venerable María de Jesús (1602-1665), misionera en México sin salir de Agreda

Hemos visto más arriba que fray Margil, estando en Querétaro en 1697, leía asiduadamente con el hermano portero La mística Ciudad de Dios. Era ésta la altísima obra de una santa concepcionista franciscana, hermana de Orden, que sin salir de su monasterio de Agreda -pueblo español de Soria-, había sido también, pocos años antes, misionera entre los indios de Nuevo México. Contamos sobre ella con la reciente biografía de Manuel Peña García.

Es ésta una historia maravillosa que merece ser recordada entre los Hechos de los apóstoles de América. Para ello seguiremos la Biografía que en 1914 compuso el presbítero Eduardo Royo, limitándose casi siempre a reunir una antología ordenada de textos originales de la misma madre María de Jesús y otros documentos recogidos para su Proceso de Beatificación: Autenticidad de la Mística Ciudad de Dios y Biografía de su autora, Madrid, reimpresión 1985). Extractamos aquí del capítulo IX, del tratado II, titulado Apostolado de Sor María para con los indios de Méjico:

65. «Descubiertas en América las vastas provincias de Nuevo Méjico, de cuya conquista espiritual al momento se encargaron los hijos del Serafín de Asís, estando estos obreros evangélicos en los comienzos de aquellas misiones, inopinadamente se les presentaron tropas numerosas de indios, pidiéndoles el santo bautismo. Admirados los misioneros de aquel concurso de infieles, para ellos hasta entonces desconocidos, les preguntaron, cuál podía haber sido la causa de tal novedad; y los indios respondieron que una mujer que ha mucho tiempo andaba por aquel reino predicando la doctrina de Jesucristo, los había traído al conocimiento del verdadero Dios y de su ley santa, y dirigídolos a aquel punto en busca de varones religiosos que pudieran bautizarlos». 66. Por los datos que sobre ella proporcionaron los indios, acerca de «el vestido y figura de la prodigiosa catequista», los frailes sospecharon «que debía ser monja». 67. El padre Alonso de Benavides, que era «custodio o como provincial de Nuevo Méjico», dirigía la misión. Y hallaron los frailes a aquellos indios «tan bien instruídos en los misterios de la fe, que sin más preparación les administraron el santo bautismo, siendo el primero en recibirlo el rey de ellos».

68. El padre Benavides, «cada vez más deseoso de averiguar la autora de estas conversiones, apenas le permitieron sus ocupaciones, emprendió un viaje hacia España, llegando a Madrid el día primero de Agosto del año mil seiscientos treinta». Allí pudo rendir cuenta detallada de las misiones de Nuevo Méjico al Rey al Ministro General de la Orden, que residía entonces en Madrid. Allí el padre General pudo asegurarle que los sucesos referidos de aquella misteriosa misionera ciertamente correspondían a la madre María de Jesús de Agreda.

69. Fray Alonso de Benavides viajó, pues, al convento de Agreda, donde se entrevistó con la Venerable Madre, y con mandato escrito del padre General, le interrogó acerca de su acción misionera entre los indios de Nuevo Méjico. La Madre, bajo el apremio de la obediencia, reconoció la veracidad del hecho, y a preguntas, a veces muy concretas, del padre Benavides, «contestó a todo ello, hasta con las circunstancias más menudas, empleando los propios nombres de los reinos y provincias, y describiendo estas particularidades tan individualmente, como si hubiera vivido en aquellas regiones por espacio de muchos años». Incluso a él mismo, y a otros misioneros, les había conocido en Nuevo Méjico, «designando el día, la hora y el lugar en que esto sucedió». 70. De todo ello hizo el padre Benavides un largo y detallado informe, y escribió también, lleno de emoción, una extensa carta a sus compañeros misioneros de la Nueva España (72-76).

77. Por su parte, la madre María de Agreda, por mandato del General de la Orden franciscana, a quien debía obediencia, en escrito del 15 de mayo de 1631 atestigua ser verdadera su acción misional en Nuevo Méjico: «Digo que lo tratado y conferido con V. P. [el padre Benavides] es lo que me ha sucedido en la provincia y reinos del Nuevo Méjico de Quivira, Yumanes y otras naciones, aunque no fueron estos reinos los primeros a donde fui llevada por voluntad y poder del Señor, y a donde me sucedió, vi e hice todo lo que a V. P. he dicho para alumbrar en nuestra santa fe católica a todas aquellas naciones» (+78-80).

81. La madre María de Agreda da también detalles muy interesantes de su misteriosa actividad misionera a distancia en una relación, escrita también por obediencia, a su director espiritual, fray Pedro Manero: 82. «Paréceme que un día, después de haber recibido a nuestro Señor, me mostró Su Majestad todo el mundo (a mi parecer con especies abstractivas), y conocí la variedad de cosas criadas; cuán admirable es el Señor en la universidad de la tierra»... A ella se le partía el corazón de ver tantos pueblos en la ignorancia de Cristo. Y sigue escribiendo: 84. «Otro día, después de haber recibido a nuestro Señor, me pareció que Su Majestad me mostraba más distintamente aquellos reinos indios; que quería que se convirtiesen y me mandó pedir y trabajar por ellos... 85. Y a mí me parece que los amonestaba y rogaba que fuesen a buscar ministros del Evangelio que los catequizasen y bautizasen; y conocíalos también».

86. «Del modo como esto fue, no me parece lo puedo decir. Si fue ir o no real y verdaderamente con el cuerpo, no puedo yo asegurarlo... Sólo diré las razones que hay para juzgar fue en cuerpo, y otras, que podía ser ángel. 87. Para juzgar que iba realmente, era que yo veía los reinos distintamente, y sabía sus nombres;... que los amonestaba y declaraba todos los artículos de la fe, y los animaba y catequizaba y lo admitían ellos, y hacían como genuflexiones... 88. Yo no traje nada de allá, porque la luz del Altísimo me puso término, y me enseñó que ni por pensamiento, palabra y obra, no me extendiese a apetecer, ni querer, ni tocar nada, si no es lo que la voluntad divina gustase».

89. «Exteriormente tampoco puedo percibir cómo iba, o si era llevada, porque como estaba con las suspensiones o éxtasis, no era posible; aunque alguna vez me parecía que veía al mundo, en unas partes ser de noche y en otras de día, en unas serenidad y en otras llover, y el mar y su hermosura; pero todo pudo ser monstrándomelo el Señor. 90. En una ocasión me parece, di a aquellos indios unos rosarios; yo los tenía conmigo y se los repartí, y los rosarios no los vi más... 91. En otras ocasiones me parecía que les decía que se convirtiesen, y que pues se diferenciaban en la naturaleza de los animales, se diferenciasen en conocer a su Criador y entrar a la Iglesia santa por la puerta del bautismo».

92. «El juicio que yo puedo hacer de todo este caso es, que él fue en realidad de verdad; que serían quinientas veces, y aun más de quinientas, las que tuve conocimiento de aquellos reinos de una manera o de otra, y las que obraba y deseaba su conversión; que el cómo y el modo no es fácil de saberse; y que, según los indios dijeron de haberme visto, o fue ir yo o algún ángel en mi figura».

El Papa Clemente X, el 28 de enero de 1673, reconoció las virtudes heroicas de sor María de Jesús de Agreda, dándole así el título de Venerable.

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