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PROLOGO



Alvaro de Maortua

Decía Don Jacinto Benavente que las cosas buenas para las personas y los pueblos, hay que decirlas tres veces: la primera para que las oigan, la segunda para que las entiendan y la tercera para que se graben en la mente y el corazón de las gentes.
En este trabajo seguimos el buen consejo de Don Jacinto. Por ello encontrará el lector ideas, conceptos y expresiones que se repiten varias veces —acaso más de "tres", que decía tan ilustre consejero—, con el único deseo y la esperanza de aclarar y alegrar el alma de algún querido lector paciente.
Nuestra vida humana necesita ideas, pues se teje con ideas. Las ideas informan de manera decisiva nuestra vida. Por eso, el riesgo radical e insoslayable de nuestro vivir, consistirá en que las ideas que alcancemos a formarnos de las cosas sean verdaderas y no falsas, que coincidan con la realidad misma de las cosas.
Nos conviene decisivamente que la consistencia intelectual con que lleguemos a entender las cosas, sea tal, que se pueda cabalmente decir que no se trata ya de ideas que "tenemos", sino que "somos", que informen nuestra vida humana entera.
"La verdad os hará libres", nos dice la Sabiduría siempre viva. Y la sabiduría entra por el escuchar. Por eso alguien dijo que "es preciso leer con los oídos, no con los ojos".
Respaldemos animosamente la radical afirmación, por la cual, existen valores objetivos, permanentes, vivos, que merecen nuestra plena aceptación total, intelectual y cordial, personal. Porque cuanto más rigor se vierta en la indagación, más y mejor se ve que son fuente inagotable de todo bien, de nuestro más sabio vivir —individual y social— de la máxima nobleza que a nuestra vida le es dado alcanzar.
Con demasiada frecuencia, los historiadores de los dos últimos siglos, han pretendido analizar el fenómeno cristiano desde un ángulo de visión aséptico que vacía de contenido su doctrina. Esto es falso, porque el Cristianismo es un cuerpo de doctrina que afirma inexorablemente que es depositario de la Verdad revelada por Jesucristo, Hijo de Dios, verdadero Dios de Dios verdadero, el cual, cumpliendo promesas que habían sido hechas, en un tiempo preciso y en un lugar exacto de Judea, se encarnó de mujer e irrumpió en la Historia humana. Los cristianos de todos los tiempos aceptaron sin vacilaciones esta doctrina, considerando a Jesús como Maestro y Redentor, Dios y Señor. Se puede creer o no en ella, pero no puede presentarse el Cristianismo fuera de este contexto. Por otra parte, en muchas ocasiones, Jesús había afirmado que su Reino no era de este mundo y, para probar el carácter divino de su misión, realizó milagros destinados a demostrar que poseía el dominio sobre las leyes naturales. Fue ésta una de las principales características para la edificación de un mundo nuevo: en el mensaje cristiano, que no contiene ninguna promesa de salvación "intramundana", la naturaleza aparece como un orden, sometido a la voluntad de Dios, a cuya conservación y progreso han sido llamados también los hombres con su trabajo. Ya en los primeros versículos de Génesis se recuerda que Dios situó al hombre en el mundo con una tarea específica, ut operaretur. Ahora bien, si nuestra operatividad se reduce a los aspectos materiales es muy posible que, en lugar de un progreso hacia el crecimiento y la libertad, estemos provocando un retroceso hacia la animalidad y el instinto. Los conocimientos deben hallarse, en todo caso, al servicio del hombre y no a la inversa.
El Cristianismo, al reconocer en el hombre una criatura que contiene imagen y semejanza de Dios, descubrió de golpe la dignidad de que se encuentra revestida la naturaleza humana, y los deberes y derechos de esta naturaleza. Luego advirtió que, como San Juan recogiera en su texto, Dios "es" amor y, por consiguiente, sólo en la medida en que el hombre es capaz de guiarse en su conducta por el amor, responde a esa obligación de la imagen y semejanza: el odio, producto del pecado, pegajoso y persistente en el hombre porque su naturaleza se ha dañado profundamente, es, sin embargo, "antinatural". Por último afirmó que Dios es la Verdad y que sólo la Verdad puede hacer libre.

Los hombres de ciencia —y aquí no cabe hacer distingos entre las ciencias especulativas y las experimentales— tratan de descubrir el reflejo de esta Verdad en el orden de la naturaleza creada, que, para un cristiano, es el producto del amor de Dios, aunque muchas veces esto escape a su comprensión. Mientras buscan y encuentran medios nuevos para enriquecer su existencia, también adquieren posibilidades que, en el caso de ser rectamente utilizadas, permiten destruir los efectos del pecado en el mundo y que el hombre crezca. Ya hace años que Ortega y Gasset explicó que progresar es crecer, no acumular. Y ahora, Juan Pablo II insiste en este mismo aspecto: la meta de la ciencia ha de consistir en que el hombre "sea más", creciendo en las dimensiones de su naturaleza creada. Al dedicarse a una investigación rigurosa, esos mismos hombres de ciencia, que no deberían olvidar que la Verdad hace libre, necesitan tener en cuenta que la Verdad no está compuesta únicamente por el conjunto teórico de los conocimientos, sino también por una vida acorde con dichos conocimientos. Hay una íntima relación entre el orden moral que guía la conducta y el orden físico que Dios ha establecido para la conservación del universo. A este respecto los pensadores de la gran edad metafísica, de los siglos XI al XIV, ya enseñaron que no existe ningún pecado que carezca de efectos sociales: la manifestación de odio y desorden que el pecado lleva consigo, provoca siempre, aunque sea en medida que a los hombres se antoje muy pequeña, un daño sobre el universo.

—"En estos momentos de profunda revisión alcanza a los historiadores que se consideran cristianos, y a todos los cristianos activos que viven empeñados en propagar rectamente el Evangelio, una importante responsabilidad: la de contribuir a que los hombres recobren el sentido de una recta conciencia histórica. El Concilio Vaticano II ha recordado, de modo muy contundente, que la Iglesia cree que en su Señor y Maestro se encuentra la clave, el centro y la meta de toda la historia humana. Esta frase, de apariencia exigente, es liberadora para el trabajo de los historiadores: ningún otro acontecimiento puede tomar su puesto. Se trata de reconstruir la conciencia histórica sobre su plataforma más adecuada, la del hombre como es, criatura dotada de libertad, llamada a trascenderse.
Si Cristo es Señor y centro de la Historia quiere decirse que el uso de la libertad nunca es tan correcto como cuando trata de aproximarse al modelo que es a la vez perfecto Dios y perfecto hombre. Se trata de profundizar en lo que es el hombre y en qué consiste esa perfección. En el fondo de la única multisecular cultura cristiana, si se despejan las adherencias extrañas que se han acumulado, encontramos todos los elementos suficientes para formular ese nuevo humanismo hacia el futuro. Es preciso, sin embargo, tomar al ser humano en su integridad, superando los errores que se cometieron al considerarlo unidimensionalmente. La conciencia histórica ha de ser una síntesis.
Este hombre, creado a imagen y semejanza de Dios, está dotado de tres potencias, entendimiento, memoria y voluntad, que deben ser plenamente cubiertas para que alcance el equilibrio interno. El hombre conoce no sólo por la razón, puesto que la voluntad es en él decisiva: asimila aquello a lo que se adhiere, de modo que el conocimiento se convierte únicamente en el paso previo que de nada sirve si no es capaz de suscitar la convicción, el acto de fe y la vida de fe. Por eso Ortega y Gasset, refiriéndose a la conciencia histórica, llegó a definirla como "sistema de creencias razonables fundamentadas en la autoridad de los testimonios". La fe cristiana fue el triunfo de Dios en el entendimiento humano: le liberó del mito y le entregó el equilibrio. Pero ahora, al ser destruida, el mito retorna, deificando la naturaleza y sometiendo al hombre a su dominio.
La memoria no es mera acumulación de recuerdos, pues estos recuerdos aparecen ordenados para formar un proyecto de vida y de acción: no se colma más que por la esperanza, tensión hacia el futuro. Por último la voluntad, en el hombre, es mandato de amor: "volo"; eso precisamente significa querer. El cristianismo propuso a los hombres sus tres virtudes teologales, fe, esperanza y amor, como el modo de llegar a ser perfectamente hombre: cuando le faltan, vacila como ante un abismo e invierte su postura. En vez de transcenderse, proyectarse hacia fuera, que es lo que demanda su naturaleza, se encierra en un inmanentismo riguroso, hasta que descubre que se encuentra en el vacío angustioso de la "náusea" como en el centro de un infierno.
La espiritualidad euro-americana, y en particular la hispanoamericana, toda ella de raíz cristiana, posee valores más que suficientes para construir un proyecto de futuro. Ella es la depositaria de una profunda confianza en la dignidad del hombre, la cual permite encarar el futuro con esperanza de progreso. Ahora bien, se necesita evitar la repetición de un gravísimo error: progresar no es tener más, sino ser más, reunir más cantidad de ser para lograr el crecimiento. La elevación del hombre, recuerda también Juan Pablo II, es siempre un acto moral, de modo que todos los descubrimientos científicos son buenos con tal de que se encuentren la servicio del hombre; en caso contrario, contribuyen a su degradación. De este modo se impone también un llamamiento a los hombres hacia la solidaridad y no hacia la lucha"—

Todo ello, con la aparición de algunos movimientos apostólicos que Dios ha suscitado en la Iglesia en este siglo, caracterizados por su perfecta lealtad, por su profunda formación doctrinal y por su extraordinario vigor y fecundidad apostólica, constituye la razón de la esperanza en un próximo resurgimiento espiritual, intelectual, moral y total de España y de muchas gentes en el mundo.

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