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Identidad cultural de Hispanoamérica , según las enseñanzas de Juan Pablo II

Germán Doig Klinge

Página maestra de la Hispanidad

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1. El punto de partida
2. Síntesis cultural mestiza
3. Sustrato católico
4. La primera evangelización

4.1. La gesta evangelizadora
4.2. Fecundidad cultural y defensa de la dignidad humana
4.3. Repercusión universal
4.4. La «leyenda negra»

5. Hispanoamérica : reconcíliate con tu identidad

 


      La celebración del V Centenario de la llegada de la fe al continente americano ha suscitado un enorme interés por la historia de nuestros pueblos. Mucho se ha dicho y escrito sobre el particular, sin embargo hemos de lamentar que no todo haya respetado fielmente la historia. En muchos casos se ha visto cómo se ha deformado bajo las perspectivas reductivas de pensadores que han antepuesto sus prejuicios o sus ideologías a los hechos. Uno de los pasajes más deformados y silenciados es la historia de la gesta evangelizadora de lo que hoy conocemos como Hispanoamérica .

      El Continente hispanoamericano tiene una rica y fecunda historia de fe que no siempre es conocida en toda su amplitud y que a cinco siglos merecería ser rescatada para una mejor comprensión de la identidad de los pueblos hispanoamericanos. No se trata sin embargo de plantear visiones triunfalistas. Como bien señala el Documento de Puebla, toda gestación de pueblos y culturas es siempre dramática, «envuelta en luces y sombras» (1). La norma para analizar esta etapa de nuestra historia debió partir de una aproximación serena y equilibrada a la realidad. Lamentablemente tal no parece haber sido el caso de la historia de Hispanoamérica . Allí están las numerosas historias de nuestros países como muestra donde se descubre con inusitada frecuencia versiones parciales o incompletas, cuando no inaceptables reduccionismos históricos.

      La historia de Hispanoamérica no ha sido fácil. La lejanía en el tiempo de los inicios del proceso de síntesis que devino en Hispanoamérica y las enormes diferencias de mentalidad con la época actual, plantea también sus dificultades para una aproximación objetiva. La primera evangelización se encontró con «dificultades tan enormes como inéditas» (2). Se vio entonces el despliegue de una inmensa capacidad creadora en la presencia de una vasta legión de misioneros y constructores de cultura. Superando obstáculos se forjó una síntesis cultural mestiza, aún inacabada, que encontró en la fe estímulo e impulso fecundo. Así pues, como señalan los Obispos en Puebla, «acicateada por las contradicciones y desgarramientos de aquellos tiempos fundadores y en medio de un gigantesco proceso de dominaciones y culturas, aún no concluido, la evangelización constituyente de la Hispanoamérica es uno de los capítulos relevantes de la historia de la Iglesia» (3).

      El tema es amplio y admite una vasta gama de posibilidades de estudio. Quisiera centrar mi reflexión en el magisterio del Papa Juan Pablo II sobre la historia y la identidad cultural de Hispanoamérica . Como se podrá apreciar, el Santo Padre nos ofrece importantes orientaciones que iluminan la investigación sobre esta época fundamental para comprender el presente de nuestras naciones.

1. El punto de partida

      El punto de partida y eje de las reflexiones del Papa Juan Pablo II es la reafirmación del sustrato católico de Hispanoamérica . La identidad cultural hispanoamericana, según señala, fue forjada «al calor de la fe» (4). La Iglesia ha desempeñado un papel fundamental en su configuración. De esto está convencido el Santo Padre quien no duda en afirmar que la Iglesia se ha convertido en la «matriz cultural del continente» (5). El resultado es una «síntesis cultural mestiza» (6), que como afirmara años atrás Pablo VI es «nueva y genial» (7). La fe venida a través de los pueblos ibéricos ha sabido inculturarse en los pueblos americanos entroncando con las «semillas del Verbo» allí presentes y fecundando en una nueva cultura de honda raíz cristiana.

      Hispanoamérica no puede construir su futuro de espaldas a su pasado. «Frente a la problemática y desafíos -decía el Santo Padre- que la Iglesia tiene planteados para la evangelización en el momento presente, ella necesita una lúcida visión de sus orígenes y actuación. No por mero interés académico o por nostalgias del pasado, sino para lograr una firme identidad propia, para alimentarse en la corriente viva de misión y santidad que impulsó su camino, para comprender mejor los problemas del presente y proyectarse más realísticamente hacia el futuro» (8).

      Sólo apoyándose en la «memoria fiel a sus raíces» (9) se podrá edificar una cultura verdaderamente al servicio del hombre de estas tierras. Toda otra acción que no parta de esta realidad, a la larga se vuelve contra el hombre en un proceso de desquiciamiento de la vida social, como lamentablemente se constata de la acción de diversas ideologías ajenas a la matriz cultural del continente. «La acción evangelizadora de la cultura en el Perú de hoy y del futuro -señalaba el Papa en Lima hablándole al mundo de la cultura- debe partir de un hecho consignado por la historia: la primera evangelización -cuyo inicio pronto cumplirá 500 años- modeló la identidad histórico-cultural de vuestro pueblo; y el sustrato cultural católico, sellado particularmente por el corazón y su intuición...» (10).

      Por ello cuando el Papa planteó la exigencia de una Nueva Evangelización para Hispanoamérica su primera preocupación fue situarla en relación a su historia de fe. Se trata de continuar y completar la obra de los primeros evangelizadores. La conmemoración del V Centenario del inicio de la evangelización de Hispanoamérica debe llevar a considerar la historia del continente con «mirada de gratitud a Dios, por la vocación cristiana y católica de Hispanoamérica , y a cuantos fueron instrumentos vivos y activos de la evangelización» (11). Es una «mirada de fidelidad» al pasado de fe, pero a la vez es una «mirada hacia los desafíos del presente y a los esfuerzos que se realizan. Mirada hacia el futuro, para ver cómo consolidar la obra iniciada» (12). A partir de ello se podrá llevar a cabo la Nueva Evangelización, «nueva en su ardor, en sus métodos, en su expresión» (13).

      Este proceso de evangelización no debe ser visto sólo en su aspecto de transmisor de la Buena Nueva. La Iglesia siempre se ha preocupado por la cultura del hombre. La evangelización constituyente de Hispanoamérica se proyectó hacia toda la cultura, inculturando profundamente el Evangelio. Por ello Juan Pablo II hablando de la primera evangelización se siente obligado a precisar: «...cuando desde estas tierras agradecía a Dios la evangelización del nuevo mundo, no me refería en modo exclusivo a la abnegada labor de los misioneros, sino también a los hombres de cultura que contribuyeron a modelar la identidad de estos pueblos a la luz de la fe» (14).

2. Síntesis cultural mestiza

      Uno de los elementos centrales de la identidad cultural hispanoamericana es el mestizaje. Juan Pablo II lo asume como un hecho en la línea de las reflexiones de los Obispos hispanoamericanos en Puebla. No obstante se debe aclarar que se trata de un concepto dinámico que pretende explicar el producto del encuentro de los ricos patrimonios de diversas culturas. En un primer momento fueron dos culturas, la ibérico-europea y la indígena, más tarde se le sumarían otras vertientes, especialmente la africana.

      Este encuentro dio como resultado un nuevo modo de ser con sus particularidades propias. Hispanoamérica no es ni europea ni autóctona, ni ninguna de las otras presencias culturales en su sentido estricto, es un poco de todas -aunque la mayor impronta la tengan las dos primeras- y a la vez algo nuevo. Más allá de las discusiones sobre los alcances finales del término y sobre los niveles alcanzados de auténtica síntesis mestiza, lo cierto es que el proceso es real y, como se ha explicado, está en permanente revisión. Esto hacía que Víctor Andrés Belaunde hablara de una «síntesis viviente» (15), una síntesis inacabada, en proceso, pero totalmente real, como es real el rostro mestizo de sus pobladores.

      Este mestizaje es para Juan Pablo II de tipo cultural, producto del encuentro de diversas etnias y modos de ser. Recoge explícitamente, desde sus propios acentos, el aporte de los Obispos en Puebla sobre este aspecto: «La evangelización primera -como señaló el Documento de Puebla- se encuentra en las raíces mismas de aquel "nuevo mestizaje de etnias y formas de existencia y pensamiento que permitió la gestación de una nueva raza" (n. 5)» (16). La evangelización constituyente fue pues generadora de una nueva síntesis cultural. «A la luz de ella se modeló una nueva síntesis cultural mestiza que une en sí el legado autóctono americano y el aporte europeo» (17).

      Esta «síntesis cultural mestiza» recogió más adelante un tercer universo cultural que se incorporó a los dos que ya venían constituyendo la nueva identidad: el africano. Esto -como resulta evidente- es más significativo en algunos países del continente, como el Brasil (18).

      Hay un detalle muy valioso que se destaca en el pensamiento de Juan Pablo II y que coincide con lo enseñado por los Obispos en Puebla. Es la referencia al papel de Santa María en el proceso de síntesis cultural mestiza del Continente de la Esperanza. En el importante Discurso al CELAM en Santo Domingo señaló: «Los hombres y pueblos del nuevo mestizaje americano, fueron engendrados también por la novedad de la fe cristiana. Y en el rostro de Nuestra Señora de Guadalupe está simbolizada la potencia y arraigo de esa primera evangelización» (19). A los Obispos mexicanos les había dicho también: «Que María de Guadalupe, reconciliadora Ella misma para crear el mestizaje de dos pueblos y dos culturas, sea la constante inspiración de vuestra pastoral...» (20).

      Los Obispos hispanoamericanos habían caminado por la misma vía: «El Evangelio encarnado en nuestros pueblos los congrega en una originalidad histórica cultural que llamamos Hispanoamérica . Esa identidad se simboliza muy luminosamente en el rostro mestizo de María de Guadalupe que se yergue al inicio de la evangelización» (21).

      La Virgen María ha desempeñado un papel muy importante tanto en el desarrollo de la evangelización del continente, como en la creación de las diversas comunidades hispanoamericanas. Juan Pablo II con su fina y profunda sensibilidad mariana se hace eco del sentir del pueblo fiel que peregrina por estas tierras y sitúa a la Madre en la configuración de su identidad cultural. A partir de estas afirmaciones resulta lógico concluir que el culto a María, tan arraigado en el pueblo, puede ser considerado como el lugar de síntesis vital entre las dos tradiciones culturales principales que configuran el continente. En María se encontró el gozne que une las historias de estas dos corrientes culturales, pues su veneración crea una historia común que hace remontar a los hombres hasta sus orígenes comunes. Por eso ha sido venerada como la Madre común por ambas tradiciones (22). En María, pues, está expresado el encuentro entre los pueblos autóctonos y los europeos; esto es particularmente visible en el rostro mestizo de María de Guadalupe.

3. Sustrato católico

      Esta identidad cultural tiene como elemento nuclear la presencia de la fe. Hispanoamérica es una realidad humana que ha hecho de la fe parte de su propio ser. «La evangelización primera -como señaló el Documento de Puebla- se encuentra en las raíces mismas» (23) del continente hispanoamericano. Esta evangelización ha calado profundamente en la realidad social y cultural de nuestros pueblos. Como señaló el Santo Padre en Lima: «Las raíces de la cultura de vuestro país están impregnadas del mensaje cristiano. La historia del Perú se ha ido forjando al calor de la fe, que ha inspirado y a la vez ha impreso una marca propia a su vida y sus costumbres» (24). En Santo Domingo también reiteró este punto: «Un dato consignado por la historia es que la primera evangelización marcó esencialmente la identidad histórico-cultural de Hispanoamérica (cf. Puebla, 412). Prueba de ello es que la fe católica no fue desarraigada del corazón de sus pueblos, a pesar del vacío pastoral creado en el período de la independencia o del hostigamiento y persecuciones posteriores» (25).

      Con el «alumbramiento de la cristiandad del Nuevo Mundo» (26), nos dirá Juan Pablo II siguiendo a Puebla, «se echan las bases de la cultura hispanoamericana y de su real sustrato católico» (27). Ha sido lugar común en sus diversas visitas y mensajes a las naciones al sur del río Grande reafirmar que «la cultura ostenta en Hispanoamérica , desde sus orígenes, una honda raigambre cristiana» (28). «Este sustrato cultural católico se manifiesta en la plena vivencia de la fe, en la sabiduría vital ante los grandes interrogantes de la existencia, en sus formas barrocas de religiosidad, de profundo contenido trinitario, de devoción a la pasión de Cristo y a María. Aspectos a tener muy presentes, también en una evangelización renovada» (29).

      Pero junto con esta afirmación ha precisado también que este sustrato común se ha expresado y desarrollado de manera singular en cada una de las naciones del continente. Junto a la reafirmación de la identidad común se debe también señalar las particularidades propias de cada pueblo. Esto, además de constituir un dato objetivo de una realidad que tiene también sus diferencias -a veces grandes-, evidencia la riqueza y amplitud de una cultura común.

      No debe verse oposición entre el sustrato común de la cultura hispanoamericana y las particularidades nacionales de cada una de ellas. En su Discurso a la UNESCO, Juan Pablo II había señalado que el fundamento de la nación es la cultura. «La nación existe "por" y "para" la cultura, y así es ella la gran educadora de los hombres para que puedan "ser más" en la comunidad» (30). Las naciones hispanoamericanas se han desarrollado a partir de una cultura común que sirvió de base, de sustento, a los acentos propios que cada pueblo ha dado a su forma de vivir. La pregunta por la identidad cultural del continente no limita ni contradice la pregunta por la identidad de cada nación. Estamos ante un conjunto de naciones con una cultura común gestada al calor del Evangelio. Desde esta perspectiva se debe también superar las visiones surgidas de la filosofía de la Ilustración en los tiempos de la emancipación que pretendían oponer la nueva era de los estados nacionales, al pasado del pueblo hispanoamericano. Tal pretensión, comprensible -aunque no justificable- por una determinada coyuntura política, debe ser descartada hoy por anacrónica, pues supone el olvido de la memoria histórica del barroco y de la síntesis cultural mestiza forjada desde la primera evangelización. Un ejemplo de esta deplorable situación es el himno nacional del Perú que presenta el tiempo anterior a la emancipación como una época oscura, de esclavitud, sin nada positivo, en frases como las de la primera y más difundida de las estrofas (31).

      La existencia de un sustrato católico en la cultura hispanoamericana pone de manifiesto el importante papel que desempeñó la Iglesia en la configuración de esta síntesis cultural. Más aun, ella está estrechamente unida a las entrañas mismas del pueblo (32).

4. La primera evangelización

      La presencia de la Iglesia se inicio con la gesta que está próxima a cumplir su V Centenario: la primera evangelización. Cuando Juan Pablo II habla de la Nueva Evangelización a emprenderse, destaca que debe ser continuación de ese primer impulso tan importante para nuestros pueblos. «La evangelización en el continente americano es ante todo herencia de siglos -decía a la vuelta de su primer viaje a Hispanoamérica -. Si hablamos del presente y del futuro de esta evangelización, no podemos olvidar su "ayer", su pasado» (33).

      En esos primeros años germinó un fecundo proceso histórico a partir del cual quedó sellada el alma de los pueblos y de la cultura del continente con su impronta católica. «La primera evangelización germinó haciendo de la fe el substrato del alma hispanoamericana...» (34). Por ello Juan Pablo II se detiene constantemente en la memoria de esos años, alentando a mirarlos como ejemplo para nuestro tiempo, tanto en lo que a evangelización se refiere como a la manera de asumir los retos que la nueva cultura adveniente trae.

4.1. La gesta evangelizadora

      La gesta evangelizadora fue un proyecto de inmensa envergadura que se llevó adelante en varias etapas. Los primeros años, conocidos como la etapa constituyente, marcaron definitivamente la huella a seguir. Si bien es verdad que no todo fue como debió ser, conjugándose en el proceso las luces con las sombras, fueron «más luces que sombras, si pensamos en los frutos duraderos de fe y de vida cristiana en el Continente» (35).

      El esfuerzo evangelizador de tantos hombres llenos del amor de Dios fecundó en la configuración de culturas que a partir de entonces crecieron al calor del Evangelio. Como señalaba en México, la historia de la fe en Hispanoamérica está regada de hermosos episodios «llenos de heroísmo cristiano que son una lección ejemplar para los mexicanos de hoy, así como para las Iglesias hermanas de Hispanoamérica » (36). Esta entrega generosa que llevó a muchos al sacrificio de la propia vida «ha contribuido en gran manera a hacer fecunda la semilla del Evangelio» (37).

      Los personajes se suceden unos a otros en una lista interminable, «admirable pléyade de santos y bienaventurados» (38), que habla del vigor de la evangelización constituyente. Los diversos mensajes del Papa a los países de Hispanoamérica están regados de nombres que recorren los cinco siglos de la evangelización de América y que son ejemplo para la época actual. Allí están Toribio de Mogrovejo, Pedro Claver, Francisco Solano, Rosa de Lima, Martín de Porres, Felipe de Jesús, Mariana de Jesús Paredes, Miguel Febres, Roque Gonzáles y compañeros mártires, Pedro de San José Betancurt, Ezequiel Moreno, Ana de los Ángeles Monteagudo, Teresa de los Andes, Miguel Pro (39). También menciona a los que defendieron la dignidad de los indígenas preocupándose de los más débiles como Antonio de Montesinos, Bartolomé de las Casas, Juan de Zumárraga, Toribio de Benavente «Motolinía», Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, Manuel de Nóbrega, Antonio Valdivieso, Jerónimo de Loaysa . Todo esto sin mencionar a otros cuya obra es patrimonio de la humanidad como son por ejemplo «sor Juana Inés de la Cruz, Juan Ruiz de Alarcón y tantos otros» (40). Y en verdad tantos más en cada país de la fecunda geografía cristiana de Hispanoamérica .

4.2. Fecundidad cultural y defensa de la dignidad humana

      La obra de evangelización fue fecunda en la creación de cultura y expresó un constante y decidido compromiso en la promoción humana, especialmente en la defensa de la dignidad de los indígenas. Como señalaba Juan Pablo II en Santo Domingo «los mismos concilios y sínodos locales contienen a veces, junto con sus prescripciones de carácter eclesial, interesantes cláusulas de tipo cultural y de promoción humana» (41).

      El mismo proceso de evangelización de las culturas exigió un notable esfuerzo de creatividad que se concretó en valiosas y novedosas expresiones de cultura animada por la fe. «En ese aspecto cultural los evangelizadores hubieron de inventar métodos de catequesis que no existían, tuvieron que crear las "escuelas de la doctrina", instruir a niños catequistas, para superar las barreras de las lenguas. Sobre todo hubo que preparar catecismos ilustrados que explicaran la fe, componer gramáticas y vocabularios, usar los recursos de la palabra y del testimonio, de las artes, danzas y música, de las representaciones teatrales y escenificaciones de la pasión. En ese campo destacaron figuras de buenos pedagogos como Fray Pedro de Gante y otros. Testimonio parcial de esa actividad son -en el solo período de 1524 a 1572- las 109 obras de bibliografía indígena que se conservan, además de otras muchas perdidas o no impresas: se trata de vocabularios, sermones, catecismos, libros de piedad y de otro tipo» (42).

      Los misioneros de la primera evangelización «llevaron a cabo un ingente trabajo de promoción social y cultural que hoy es orgullo y patrimonio de todo el continente, y forma parte del ser nacional de todos estos países. Monumentos artísticos y literarios, gramáticas y catecismos en las principales lenguas indígenas, las ordenanzas y leyes de Indias, son algunos de los frutos de esa obra de civilización» (43).

      En el Discurso al CELAM en Santo Domingo el Papa insistió en este aporte que no siempre ha sido valorado en su justa medida, especialmente por el influjo de las corrientes liberales y marxistas. El inmenso interés puesto por los primeros misioneros en conocer y comprender las culturas locales habla de un proceso de promoción cultural que, a la vez que inculturaba el Evangelio, iluminaba las expresiones culturales autóctonas. Todo esto generó un sustantivo aporte cultural de los misioneros, testimoniado en el «dominio de numerosas lenguas indígenas, sus conocimientos etnológicos e históricos, botánicos y geográficos, biológicos y astronómicos, adquiridos en función de su misión» (44). Estos hechos son también testimonio de que «después del choque inicial de culturas, la evangelización supo asumir e inspirar las culturas indígenas» (45).

      Las culturas aborígenes recibieron así nuevos conocimientos en un esfuerzo que, a pesar de las deficiencias, no dejó de reiterar su intención de respetar los valores de estas culturas, procurando siempre no deformarlos. «En efecto, desde los primeros años, a través de sus misioneros, la Iglesia comenzó a transmitir a los aborígenes, junto con la revelación del Evangelio, el conocimiento de las cosas. Éste consistía, indudablemente, en la instrucción y en la alfabetización; pero no es menos de apreciar el esfuerzo por aprovechar los elementos básicos de la cultura indígena, sin deformarlos ni adulterarlos» (46). Esta contribución a la obra cultural siguió a lo largo de los siglos, «por medio de las misiones entre indios y tribus salvajes, por medio de escuelas y universidades, de hospitales y asilos, a través de sus medios de comunicación social» (47). El esfuerzo que se hizo estuvo dirigido a encarnarse en la vida de estos pueblos, «en todo caso, se trataba de realizar una "inculturación" del Evangelio» (48).

      En el arte se refleja también la repercusión cultural de la primera evangelización. «La cultura cristiana ha quedado plasmada no sólo en los sentimientos humanos y en las diversas devociones de la piedad popular, sino también en las múltiples expresiones del arte sagrado colonial, en que sobresalieron extraordinarios artistas indígenas, la mayor parte de ellos anónimos» (49).

      La voz de la Iglesia se levantó desde el primer momento contra el pecado. Como señaló en Santo Domingo el Santo Padre «a pesar de la excesiva cercanía o confusión entre las esferas laica y religiosa propias de aquella época, no hubo identificación o sometimiento» (50).

      Juan Pablo II, apoyado en el irrecusable testimonio histórico, es enfático en este punto: «En el seno de una sociedad propensa a ver los beneficios materiales que podía lograr con la esclavitud o explotación de los indios, surge la protesta inequívoca desde la conciencia crítica del Evangelio, que denuncia la inobservancia de las exigencias de dignidad y fraternidad humanas, fundadas en la creación y en la filiación divina de todos los hombres. ¡Cuántos no fueron los misioneros y obispos que lucharon por la justicia y contra los abusos de conquistadores y encomenderos!» (51). El exceso de atención otorgado a Bartolomé de las Casas ha opacado la acción de otros cuyo papel fue más significativo en la misma defensa de los pobladores americanos; tal el caso de Antonio Montesinos, Juan de Zumárraga, Vasco de Quiroga, Juan del Valle, Julián Garcés, José de Anchieta, José de Acosta, Manuel de Nóbrega, Roque Gonzáles, e incluso Santo Toribio de Mogrovejo. Es conocido que la gran difusión que alcanzó se debe en buena medida a los enemigos de la Corona española que lo usaron de bandera. Hoy en día desde una perspectiva más serena y objetiva no podemos menos que deplorar la manipulación ideológica a la que se le somete.

      Pero la Iglesia no se quedó tan sólo en la denuncia del pecado de los hombres. También promovió un fecundo movimiento de promoción y elevación del hombre americano. Desde la misma reflexión teológica que influirá en la preparación de las leyes de tutela de los naturales, hasta la obra cotidiana y abnegada de misioneros que «construían casas e iglesias, llevaban el agua, enseñaban a cultivar la tierra, introducían nuevos cultivos, distribuían animales y herramientas de trabajo, abrían hospitales, difundían las artes, como la escultura, pintura, orfebrería, enseñaban nuevos oficios, etc.» (52). Así sugieron escuelas, universidades, «pueblos hospitales», las «reducciones o colonias» de los franciscanos y de los jesuitas, y «tantas obras de caridad y misericordia, de instrucción y cultura» (53).

4.3. Repercusión universal

      La primera evangelización no sólo tuvo una gran importancia para los pueblos americanos. «El hecho del encuentro entre Europa y éste que fue llamado el Nuevo Mundo, tuvo importancia universal, con vastas repercusiones en la historia de la humanidad. Pero no menor incidencia tuvo, en el aspecto religioso, el nacimiento de lo que hoy es casi la mitad de la Iglesia católica» (54).

      Para el Papa se trata de un acontecimiento providencial que amplió las fronteras de la humanidad en muchos sentidos. «La carta del Papa León XIII, al concluir el IV centenario de la gesta colombina, habla de los designios de la Divina Providencia que han guiado el "hecho de por si más grande y maravilloso entre los hechos humanos", y que con la predicación de la fe hicieron pasar una inmensa multitud "a las esperanzas de la vida eterna"» (55).

      Vale la pena destacar dos de los aspectos que resalta Juan Pablo II sobre la repercusión que tuvo la primera evangelización en el resto del mundo y de la Iglesia universal.

      En primer lugar el impacto sobre el mundo fue inmenso. «En el aspecto humano, la llegada de los descubridores a Guanahaní significaba una fantástica ampliación de las fronteras de la humanidad, el mutuo hallazgo de dos mundos, la aparición de la Ecumene entera ante los ojos del hombre, el principio de la historia universal en su proceso de interacción, con todos sus beneficios y contradicciones, sus luces y sombras» (56).

      Sobre este aspecto es importante mencionar la labor de los teólogos juristas españoles de Salamanca como Francisco de Vitoria y también Domingo de Soto, «quienes supieron trazar las líneas maestras del derecho de los indígenas, abriendo caminos seguros para el futuro derecho internacional de los pueblos» (57). Como señaló el Papa en Santo Domingo, la obra evangelizadora del Nuevo Mundo suscitó «un vasto debate teológico-jurídico, que con Francisco de Vitoria y su escuela de Salamanca analizó a fondo los aspectos éticos de la conquista y colonización. Esto provocó la publicación de leyes de tutela de los indios e hizo nacer los grandes principios del derecho internacional de gentes» (58).

      En segundo lugar fue también inmensa la repercusión sobre el resto del Pueblo de Dios de diversas maneras hasta llegar a «abarcar hoy en día, tras cinco siglos de evangelización, casi la mitad de la entera Iglesia católica» (59). «En el aspecto evangelizador, marcaba la puesta en marcha de un despliegue misionero sin precedentes que, partiendo de la Península Ibérica, daría pronto una nueva configuración al mapa eclesial. Y lo haría en un momento en que las convulsiones religiosas en Europa provocaban luchas y visiones parciales, que necesitaron de nuevas tierras para volcar en ellas la creatividad de la fe» (60).

      Para el Papa se trata del prorrumpir vigoroso de la universalidad querida por Cristo para su Iglesia. De la misma manera como se introdujo en la Ecumene helenística del Imperio Romano y penetró inculturándose en los pueblos germánicos y eslavos, «halla su nueva plenitud en el alumbramiento de la cristiandad del Nuevo Mundo» (61).

      Juan Pablo II hace además una lectura objetiva de nuestra historia y de la gesta evangelizadora rescatando la gran obra realizada especialmente por España, tanto en lo que a evangelización se refiere como a la labor civilizadora. Será muy claro al mencionar que «la cultura que España promocionó en América estuvo impregnada de principios y sentimientos cristianos, dando lugar a un estilo de vida inspirado en ideales de justicia, de fraternidad y de amor. Todo ello tuvo muchas y felices realizaciones en la actividad teológica, jurídica, educativa y de promoción social» (62). Éste es un acto de justicia histórica muy necesario en los tiempos actuales.

4.4. La «leyenda negra»

      Una de las principales razones que han llevado al Papa a ensayar diversos enfoques históricos que rescatan los aspectos principales de la gesta evangelizadora es sin lugar a dudas la existencia de visiones que han pretendido desvirtuar el sentido de la historia de Hispanoamérica . Es lamentable la enorme difusión que han tenido en los albores de la emancipación de los pueblos hispanoamericanos perspectivas reductivas de la historia que han regado por el mundo interpretaciones ajenas a la verdad, que en muchos de los casos han sido beligerantemente contrarias a la Iglesia.

      Uno de esos pasajes oscuros de la historia de las ideas lo constituye la llamada «leyenda negra». Creada originalmente en los Países Bajos y ampliada y difundida por Inglaterra en el momento en que surgía como nueva potencia mundial, no tenía otra motivación que desprestigiar a España y de paso a la Iglesia católica (63). Juan Pablo II fue muy preciso al respecto en su Discurso al CELAM en Santo Domingo: «Una cierta "leyenda negra", que marcó durante un tiempo no pocos estudios historiográficos, concentró prevalentemente la atención sobre aspectos de violencia y explotación que se dieron en la sociedad civil durante la fase sucesiva al descubrimiento. Prejuicios políticos, ideológicos y aun religiosos, han querido también presentar sólo negativamente la historia de la Iglesia en este continente » (64).

      No hay afán polémico en las palabras de Juan Pablo II. No se descubre tampoco ninguna perspectiva triunfalista en sus afirmaciones. Simplemente realiza un acto de justicia histórica que hoy en día, salvo en el caso de historiadores muy comprometidos con militancias o enfoques ideologizados o con cosmovisiones cerradas, muy pocos dejarán de reconocer. «La Iglesia, en lo que a ella se refiere, quiere acercarse a celebrar este centenario con la humildad de la verdad, sin triunfalismos ni falsos pudores; solamente mirando a la verdad, para dar gracias a Dios por los aciertos, y sacar del error motivos para proyectarse renovada hacia el futuro» (65).

      Lo cual no quiere decir de ninguna manera que se pretenda borrar o disfrazar la interdependencia que hubo entre el poder político y la acción de la Iglesia especialmente en la primera evangelización. Esta interdependencia debe ser estudiada en su doble realidad. De un lado el hecho innegable de que muchas veces la injerencia del poder político desnaturalizó o distorsionó un tanto la acción evangelizadora . Pero de otro lado sería injusto no reconocer que la fe se valió de un medio humano para llegar a otros pueblos, vehículo que si bien tuvo enormes deficiencias, también tuvo aciertos. La Iglesia «no quiere desconocer la interdependencia que hubo entre la cruz y la espada en la fase de la primera penetración misionera. Pero tampoco quiere desconocer que la expansión de la cristiandad ibérica trajo a los nuevos pueblos el don que estaba en los orígenes y gestación de Europa -la fe cristiana- con su poder de humanidad y salvación, de dignidad y fraternidad, de justicia y amor para el Nuevo Mundo» (66).

      A la luz de los estudios de la historia de la evangelización se debe dejar en claro que una cosa fue la acción de la Corona española -en lo que pudo tener de bueno o de malo, y que debe ser juzgada sin caer en el vicio del etnocentrismo- y otra la acción de la Iglesia. Un ejemplo de esta necesaria distinción lo constituyen las denuncias constantes y sumamente enérgicas de hombres de Iglesia contra los abusos de los encomenderos y autoridades de España.

      No obstante no se puede dejar de reconocer, sin cometer una grave injusticia, el dinamismo misional que impulsó a la Corona española en los primeros tiempos (67). La vasta obra de evangelización contó con el apoyo decidido de la Corona, la misma que procuró reiteradamente legislar con toda equidad la vida en el Nuevo Mundo -las famosas Leyes de Indias son un claro ejemplo de esto-. No se puede decir lo mismo de la Corona portuguesa. Su actuación tuvo una motivación más ligada a intereses económicos . Lo cierto es que no se descubre la misma preocupación cristiana, y en consecuencia no dio el apoyo que sí otorgó la Corona española a la tarea evangelizadora. Este solo hecho influyó decisivamente en el proceso de la evangelización, como se puede comprobar rápidamente del estudio comparativo del proceso en los territorios hispanos y lusitanos.

5. Hispanoamérica : reconcíliate con tu identidad

      En la cercanía del V Centenario de lo que Juan Pablo II llama «la epopeya evangelizadora», convoca a la Iglesia en Hispanoamérica a emprender una Nueva Evangelización que reactualice el impulso original que generó su cultura. Juan Pablo II ve con esperanza «la posibilidad de que Hispanoamérica ofrezca al mundo un modelo de civilización que sea cristiana por sus obras y estilo de vida, más que por sus títulos meramente tradicionales» (68). Pero ello sólo será posible a condición de que América Hispana se reconcilie con su identidad, con su sustrato católico.

      Por ello exhorta a los hispanoamericanos a ser fieles a la vocación cristiana de su cultura, resistiendo frente a quienes pretender desnaturalizar esta profunda raigambre. «Frente a estas concepciones incoherentes con vuestra tradicional cultura cristiana -dirá en Lima-, quiero repetiros ahora a vosotros la invitación que formulé en Santo Domingo a todos los pueblos de Hispanoamérica : Permaneciendo siempre fieles a los valores de dignidad personal y hermandad solidaria que el pueblo peruano lleva en su corazón, como imperativos recibidos del Evangelio, resistid a la tentación de quienes quieren que olvidéis vuestra innegable vocación cristiana» (69).

      De esta manera la evangelización y la construcción de una cultura verdaderamente al servicio del hombre se apoyarán en la síntesis cultural forjada en la diversidad de culturas y etnias, pero integrada en la comunión de una sola fe. La Nueva Evangelización podrá así ser crisol para la nueva síntesis cultural del mañana de nuestros países que integre, «desde sus raíces más genuinas» (70), los valores de la nueva cultura adveniente.


 

NOTAS

1. Puebla, 5 [Regresar]

2. Puebla, 6. [Regresar]

3. Lug. cit. [Regresar]

4. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 2. [Regresar]

5. Juan Pablo II, Alocución al CELAM en la catedral de Puerto Príncipe, Haití, 9/3/1983, I, 1. [Regresar]

6. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 2. [Regresar]

7. Pablo VI, Homilía en la ordenación de sacerdotes para Hispanoamérica , 3/7/1968. [Regresar]

8. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, I, 1. [Regresar]

9. Juan Pablo II, Discurso al mundo de la cultura y a los constructores de la sociedad, Santiago, 3/4/1987, 6. [Regresar]

10. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 5. [Regresar]

11. Juan Pablo II, Alocución al CELAM, Puerto Príncipe, Haití, 9/3/1983, III. [Regresar]

12. Lug. cit. [Regresar]

13. Lug. cit. [Regresar]

14. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 1. [Regresar]

15. Víctor Andrés Belaunde, La síntesis viviente, Cultura Hispánica, Madrid 1950. [Regresar]

16. Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de la Conferencia Episcopal Mexicana, México, 12/5/1990, 2. [Regresar]

17. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 2. [Regresar]

18. «Hispanoamérica -señalará el Papa en el Brasil- constituye el espacio histórico donde se da el encuentro de tres universos culturales: el indígena, el blanco y el africano fueron enriquecidos después por diversas corrientes migratorias. Se da, al mismo tiempo, una convergencia de formas diferentes de ver el mundo, el hombre y Dios y de reaccionar frente a ellos. Se ha fraguado una especie de mestizaje hispanoamericano...» (Juan Pablo II, Homilía en el barrio del centro administrativo de Salvador de Bahía, Brasil, 7/7/1980, 2).

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19. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 3. [Regresar]

20. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos de México en Visita ad limina, 28/10/1983. [Regresar]

21. Puebla, 446. [Regresar]

22. Ver Pedro Morandé, Iglesia y cultura en Hispanoamérica , Vida y Espiritualidad, Lima 1989, pp. 85­91. [Regresar]

23. Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de la Conferencia Episcopal Mexicana, México, 12/5/1990, 2. [Regresar]

24. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 2. También al recibir al nuevo Embajador de Ecuador incidió sobre lo mismo: «...la fe cristiana, unida a la característica cultura local, ha calado profundamente y es una fecunda realidad no sólo a lo largo y ancho de Ecuador, sino también en las demás naciones del llamado "Continente de la Esperanza"» (Alocución al nuevo Embajador de Ecuador, Ciudad del Vaticano, 19/12/1983). [Regresar]

25. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 5. [Regresar]

26. Allí mismo, II, 2. [Regresar]

27. Lug cit. Ver Puebla, 412. [Regresar]

28. Juan Pablo II, Discurso a1 mundo de la cultura, Buenos Aires 12/4/1987, 1. [Regresar]

29. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo 12/10/1984, II, 5. [Regresar]

30. Juan Pablo II, Discurso a la UNESCO, París, 2/6/1980, 14. [Regresar]

31. Dicha estrofa dice: «Largo tiempo el peruano oprimido, la ominosa cadena arrastró. Condenado a una cruel servidumbre, largo tiempo en silencio gimió. Mas apenas el grito sagrado "libertad" en sus costas se oyó, la indolencia de esclavo sacude, la humillada cerviz levantó». [Regresar]

32. En sus primeras palabras en suelo hispanoamericano el Papa señalaba: «Llego a un continente donde la Iglesia ha ido dejando huellas profundas, que penetran muy adentro en la historia y carácter de cada pueblo» (Juan Pablo II, Discurso a las personas reunidas en el aeropuerto de Santo Domingo, 25/1/1979). [Regresar]

33. Juan Pablo II, Audiencia general de los miércoles posterior al viaje a México, 14/2/1979, 2. [Regresar]

34. Juan Pablo II, Alocución a la Conferencia Episcopal Peruana, Lima, 2/2/1985, 2. [Regresar]

35. Juan Pablo II, Carta apostólica a los religiosos y religiosas de Hispanoamérica con motivo del V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo, 29/6/1990, 8.

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36. Juan Pablo II, Alocución a los Obispos de la Conferencia Episcopal Mexicana, México, 12/5/1990, 2.

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37. Lug. cit.

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38. Juan Pablo II, Carta apostólica a los religiosos y religiosas de Hispanoamérica con motivo del V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo, 29/6/1990, 10.

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39. Ver lug. cit. [Regresar]

40. Juan Pablo II, Discurso a los intelectuales, México, 12/5/1990, 4. [Regresar]

41. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 4. [Regresar]

42. Lug. cit. [Regresar]

43. Juan Pablo II, Homilía en el parque Mattos Neto, Salto, Uruguay, 9/5/1988, 2. [Regresar]

44. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 4. [Regresar]

45. Lug. cit. [Regresar]

46. Juan Pablo II, Discurso a los hombres de la cultura, Río de Janeiro, 1/7/1980, 5. [Regresar]

47. Lug. cit. [Regresar]

48. Lug. cit. [Regresar]

49. Lug. cit. [Regresar]

50. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo,

12/10/1984, II, 3. [Regresar]

51. Lug. cit. [Regresar]

52. Allí mismo, II, 4. [Regresar]

53. Lug. cit. [Regresar]

54. Juan Pablo II, Saludo a las autoridades, a la Iglesia, al pueblo de la República Dominicana y de toda Hispanoamérica , Santo Domingo, 11/10/1984. [Regresar]

55. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 2. [Regresar]

56. Lug. cit. [Regresar]

57. Juan Pablo II, Carta apostólica a los religiosos y religiosas de Hispanoamérica con motivo del V Centenario de la Evangelización del Nuevo Mundo, 29/6/1990, 5. [Regresar]

58. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 4. [Regresar]

59. Juan Pablo II, Homilía en la basílica de Nuestra Señora de Guadalupe, México, 27/1/1979, 2. [Regresar]

60. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo 12/10/1984, II, 2. [Regresar]

61. Lug cit. [Regresar]

62. Juan Pablo II, Discurso a los fieles congregados en el aeropuerto Benjamín Matienzo de Tucumán, Argentina, 8/4/1987, 5. [Regresar]

63. «...fue Julián Juderías, sociólogo español, el primero en afirmar que dichas tergiversaciones constituían una Leyenda Negra, acuñando así el término, cuyo significado estableció más o menos definitivamente en 1912. A Juderías le enfureció particularmente la idea de que España fuera la sede de la ignorancia y del fanatismo, un páramo intelectual incapaz de ocupar su lugar como nación moderna» (William S. Maltby La Leyenda Negra en Inglaterra. Desarrollo del sentimiento antihispánico, 1558­1660, Fondo de Cultura Económica, México 1982, p. 9).

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64. Juan Pablo II, Discurso a los Obispos del CELAM, Santo Domingo, 12/10/1984, II, 3. [Regresar]

65. Lug. cit. [Regresar]

66. Lug. cit. [Regresar]

67. Cabe resaltar este sentido sobre todo en Isabel y Fernando, Carlos V y Felipe II. [Regresar]

68. Juan Pablo II, Discurso a los intelectuales, científicos y artistas, Quito, 30/1/1985, 6. [Regresar]

69. Juan Pablo II, Mensaje al mundo de la cultura y a los empresarios, Lima, 15/5/1988, 2. [Regresar]

70. Juan Pablo II, Discurso a los intelectuales, México, 12/5/1990, 8. [Regresar]

 


 

Este documento fue inicialmente publicado por la Oficina de Educación Católica del Arzobispado de Lima (ODEC), como parte del libro De la Primera a la Nueva Evangelización en Hispanoamérica .

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