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Indice de Hechos de los Apóstoles en América

Venerable Vicente Bernedo, apóstol de Charcas Evangelización del Brasil

Hechos de los Apóstoles en América,

José María Iraburu

Las reducciones misionales del Paraguay

I Centenario de la evangelización de América
La reducción de indios a pueblos
Entradas misioneras con escolta o sin ella
Realización de las entradas
Nuevo impulso a las reducciones
Fray Luis de Bolaños (1539-1629)
Los jesuitas en el Río de la Plata
Los jesuitas en la Asunción
Las reducciones jesuíticas del Paraguay
Incursiones de los cazadores de esclavos
Urbanismo de las reducciones
Gobierno interior
Economía
Industrias
Música
Orden y justicia
Los niños, ante todo
Un nuevo pueblo cristiano
El Cura en las reducciones
Los santos mártires de las reducciones
La expulsión de los jesuitas
Llanto sobre las reducciones arruinadas
Adversarios de las reducciones
Algunas verdades sobre las reducciones
Elogios de las reducciones guaraníes

I Centenario de la evangelización de América

Cuando los jesuitas, a partir de 1610, inician las reducciones del Paraguay hacía unos cien años que se había iniciado la evangelización de las Indias. Convendrá, pues, que recordemos algunos datos sobre la situación de España y de la América hispana por aquellos años.

«Aunque es difícil precisar la población española -escribe Manuel Lucena Salmoral-, parece que ascendió a unos 8 millones de habitantes a comienzos del siglo XVI, que aumentaron hasta unos 9,5 a fines de la misma centuria, y descendieron a unos 8,5 al término de la siguiente. El descenso tiene raíces muy complejas, como la depresión económica, las pestes y epidemias, las guerras, la expulsión de los infieles (unos 150.000 judíos y unos 500.000 moriscos) y la emigración a Indias (unos 200.000 pobladores)». Más concretamente, en 1600 la población total de la península ibérica era de 11.347.000 habitantes, así distribuídos: Corona de Castilla, 8.304.000 (73’2 %); Corona de Aragón, 1.358.000 (12); Reino de Navarra, 185.000 (1’6); Reino de Portugal, 1.500.000 (13’2) (AV, Iberoamérica... 432-433).

Por lo que a la autoridad de la Corona se refiere, el Consejo de Indias, y más concretamente la Casa de Contratación ubicada en Sevilla, habían regido y regían todo el empeño misionero de España hacia las Indias. Con todo lo cual Sevilla, a mediados del XVI, con unos 150.000 habitantes -de los cuales, unos 6.000 eran esclavos, en su mayoría negros-, era una de las más importantes ciudades de Europa, ya que sólamente París, con unos 200.000, era mayor.

Según el Patronato Real, los Reyes españoles proveían a todos los misioneros de un equipo completo -vestidos, mantas, cáliz, ornamentos, etc.-, pagaban el costo de la navegación desde Sevilla, y les asignaban una pensión continua, de modo que no tuvieran necesidad de pedir nada a los indios que se fueran haciendo cristianos. Todas las parroquias y doctrinas que se iban estableciendo en las Indias tenían señalada una renta.

Pues bien, en 1623, cien años después, más o menos, de que se iniciara organizadamente la evangelización de la América hispana, ya estaban edificadas unas 70.000 iglesias, lo que indica que venían a construirse unas 700 por año. Cada año partían de España, como promedio, unos 130 o 150 misioneros, y había en las Indias, además del clero secular, unos 11.000 religiosos en 500 conventos.

La reducción de indios a pueblos

Los españoles comprendieron desde el principio en América que si los indios seguían dispersos en bosques, sabanas y montañas, no había modo de civilizarlos ni de evangelizarlos, y que la tarea de reducirlos a vida social comunitaria en poblados, doctrinas o reducciones, era la más urgente y primera. La Corona dictó numerosas ordenanzas a lo largo de todo el siglo XVI (+ Borges, Misión y civilización en América, 80-88), y puede decirse que «el proceso reduccionístico fue general en América, tanto desde el punto de vista geográfico como cronológico» (105). Aunque no faltaron quienes al principio tuvieron ciertos escrúpulos a la hora de reducir a los indios, alegando posibles dificultades eventuales, como podía ser el desarraigarlos de sus tierras antiguas, apenas hubo controversia en este tema, pues casi siempre se consideró que las ventajas eran mucho mayores que los inconvenientes (107-111).

Ya hicimos crónica de los pueblos-hospitales que Vasco de Quiroga comenzó a organizar en 1532 (201-211). Y en 1537 decía Francisco Marroquín, obispo de Guatemala, que los indios, «pues son hombres, justo es que vivan juntos y en compañía». Ese mismo año los dominicos, bajo la dirección del padre Las Casas, desarrollaron en la difícil provincia guatemalteca de Tuzulutlán un notable esfuerzo de reducción de indios en pueblos (+Mendiguren, Un ejemplo de penetración pacífica, La Verapaz).

A lo largo del siglo XVI y comienzos del XVII se aprecia un doble esfuerzo simultáneo: restringir más y más el sistema de encomiendas, hasta lograr su extinción, como ya vimos (48-51), y fomentar cada vez con mayor apremio el sistema de las reducciones de los indios en poblados especiales. Por ejemplo, «respecto de México, la reducción fue ordenada a las autoridades civiles por reales cédulas de 1538, 1549, 1550, 1560, 1595 y 1589, y a los obispos y misioneros por la Junta Eclesiástica de México de 1546 y por los tres Concilios provinciales de esa misma ciudad de 1555, 1565 y 1585».

En el Perú hallamos numerosas cédulas reales por esos mismos años, y los Concilios de Lima II y III (1567-1568, 1582-1583) ordenan igualmente la reducción (Borges 115-117). Como teóricos más notables del proceso reduccional podemos señalar al jesuita José de Acosta, de fines del XVI, o al jurista Juan de Solórzano Pereira, de mediados del XVII. Y ya en 1681 la Recopilación de leyes de los reinos de Indias, reiterando muchas ordenanzas anteriores, disponía escuetamente: «para que los indios aprovechen más en cristiandad y policía se debe ordenar que vivan juntos y concertadamente».

Entradas misioneras con escolta o sin ella

Casi siempre hubieron de ser los misioneros quienes hicieran entradas, a veces sumamente arriesgadas, para congregar a los indios todavía no sujetos al dominio de la Corona española. Como ya hemos visto a lo largo de nuestra crónica, a veces se pudo prescindir de la escolta armada; así Vasco de Quiroga entre los tarascos (204-205), los dominicos en La Verapaz, o franciscanos y jesuitas entre los guaraníes del Paraguay.

Otras veces los hechos obligaban a estimar necesaria la escolta, aunque fuera mínima, y así hubieron de entrar los jesuitas, después de no pocos mártires, en las regiones del este y norte de México (249ss) o los franciscanos en zonas de Talamanca, Texas o California (290ss). Ya decía en 1701 el gobernador de Cumaná, en Venezuela, que «un mosquetero entre los indios, sin disparar su arma (sino tal vez al aire) suele vencer mil dificultades y hacer más fruto que muchos misioneros» (+Borges 118-119).

Como es lógico, siempre que era posible, los misioneros procuraron evitar el acompañamiento de la escolta o reducir ésta al mínimo. «En numerosas ocasiones se prescindió de ella, y cuando estuvo presente solo perseguía el objetivo de defender al misionero ante posibles ataques de los nativos, y el misionero era el primer interesado en que los indios se avinieran voluntariamente a reducirse, porque de lo contrario resultaría imposible mantenerlos concentrados» (Borges 134).

Realización de las entradas

Una vez obtenidos los permisos de las autoridades civiles y las licencias eclesiásticas, los misioneros, después de encomendarse a Dios y a todos los santos -a veces en un prolongado retiro espiritual, como hicieron los dominicos antes de entrar en la tierra de guerra de Tuzulutlán (+Mendiguren 503)-, entraban entre los pueblos indios aún no integrados en el dominio de la Corona. Acostumbraban llevar consigo un buen cargamento de alfileres, cintas y abalorios, agujas y bolitas de cristal, cuchillos y hachas, cascabeles, espejos, anzuelos y otros objetos que para los indios pudieran ser tan útiles como fascinantes.

No solían llevar en cambio los misioneros mucha comida, pues, como decía uno de ellos, «a los cuatro días se la han comido los indios que la cargan, para aliviar la carga y por su natural voracidad» (+Borges 130). A veces los misioneros iban solos, pero siempre que podían lo hacían acompañados, o incluso precedidos, de indios ya conversos. Y una vez establecido el contacto con los indios paganos, se intentaba persuadirles de las ventajas materiales y espirituales que hallarían en vivir reunidos en un poblado bajo la guía de los misioneros.

Las reacciones de los indios eran muy variadas. En un primer momento solían acercarse llenos de curiosidad, pero pronto, aunque no hubiera escolta, sentían temor ante lo nuevo, y desaparecían. Si se esperaba con paciencia, era normal verles regresar al tiempo, ganados por la atracción de la curiosidad. Poco a poco se iban familiarizando con los visitantes, y se entablaba el diálogo, con todas las dificultades del caso. La música fue en no pocos casos un argumento decisivo, como en la Verapaz o entre los guaraníes. Y cualquier incidente podía espantarlos definitivamente o suscitar un ataque que hiciera correr la sangre...

Persuadir a los indios a congregarse en reducciones era asunto sumamente delicado y complejo. Y mantenerlos luego reunidos, como hace notar Alberto Armani, también era muy difícil:

«Las reducciones, lejos de ser idílicos paraísos terrestres poblados por el buen salvaje que soñara J. J. Rousseau, fueron verdaderos puestos de frontera, particularmente en sus primeros tiempos, donde todo podía ocurrir. La vida cotidiana registraba casos de canibalismo, asesinatos, riñas y embriaguez agresiva. Sólo con mucho tacto, paciencia y distintas estratagemas, pudieron los misioneros hacerse respetar. Con frecuencia, por motivos fútiles o por reprimendas de los religiosos, clanes enteros se rebelaban y retomaban el camino de la selva. La hostilidad de los hechiceros y ancianos atacados en sus antiguas tradiciones, podía poner en peligro la vida de los misioneros» (140-141), lo que dio lugar a muchos mártires.

Maxime Haubert describe en su obra muchas situaciones de éstas, unas veces cómicas, otras dramáticas. En general, los misioneros se veían obligados a tolerar mucho a los indios mayores, y concentraban sus esfuerzos, con gran éxito, en la educación de niños y jóvenes.

Para niños y jóvenes las reducciones sólo presentaban ventajas y atractivos, pero los mayores hallaban en ellas ventajas e inconvenientes.

«De entre las ventajas expuestas por los misioneros mismos tenemos abundantes testimonios de que en la reducción de las diversas tribus de guaraníes influyeron hechos como el de huir del hambre, la comprobación del progreso que en las reducciones hacían los hijos de los ya concentrados, los donativos de los reductores, la observación de cómo los ya reducidos disponían de aperos de labranza, y el miedo a las tribus vecinas, e incluso a los mamelucos o paulistas brasileños».

«Frente a estas ventajas se presentaban una serie de inconvenientes, como el cambio de terreno, la pérdida de la libertad gozada hasta entonces, el abandono de lugares que eran familiares, la perspectiva de tener que convivir con otras tribus que les resultaban extrañas, el sometimiento a una vida a la que no estaban acostumbrados, el temor a la sujeción política y tributaria, y el recelo de los caciques y hechiceros a perder sus privilegios, infundado en el caso de los primeros, pero plenamente justificado en el de los segundos» (Borges 134).

Nuevo impulso a las reducciones

Como ya sabemos, el impulso de civilización y evangelización llega a la zona del Río de la Plata más tarde que a otras regiones de América. Y así en la segunda mitad del siglo XVI, cuando en el conjunto de la América hispana las encomiendas van a menos, en el Río de la Plata van a más. A partir sobre todo de 1555, con el gobernador Martínez de Irala, se desarrolla en la zona el régimen de la encomienda, de modo que a principios del XVII casi todas las 1.200 familias españolas de pobladores son encomenderas.

Esta situación no era ciertamente la más favorable para la evangelización, pues aunque algunos encomenderos cumplían con su responsabilidad, moral y legal, de procurar el adoctrinamiento de los indios, otros descuidaban este deber.

Por otra parte, todavía a fines del XVI, tanto en Río de la Plata como en otras zonas periféricas entonces integradas en el virreinato del Perú, muchos indios vivían dispersos, haciendo prácticamente imposible entre ellos toda tarea de civilización y evangelización. En esas circunstancias el empeño por la reducción de los indios recibió un impulso decisivo tanto de don Francisco de Toledo, virrey del Perú desde 1569, como de Santo Toribio de Mogrovejo, que asumió el arzobispado de Lima en 1581.

Se lee en una Crónica Anónima de 1609: «Viendo el virrey don Francisco de Toledo la universal perdición de todo el reino por vivir los indios sin pueblos formados, de suerte que en el doctrinarlos se les faltaba nueve partes de las diez necesarias, puso grande eficacia en reducirlos todos a pueblos ordenados, de manera que de quince o veinte de aquellas parcialidades o pueblezuelos se hizo uno, lo cual, aunque tuvo grandes dificultades y repugnancia de los indios, con todo eso salió el virrey con ello, que fue la obra más heroica y de mayor servicio de Dios que se ha hecho en aquellos indios» (+MH 12,1955, 1111).

Fray Luis de Bolaños (1539-1629)

El historiador jesuita Antonio de Egaña afirma que «en el continente hispanosudamericano ha de considerarse como fundador del método reduccional al franciscano Luis de Bolaños (Historia 190). De él nos da cumplida referencia Raúl A. Molina en su estudio sobre La obra franciscana en el Paraguay y Río de la Plata (329-400; 485-522).

Sin ser aún sacerdote, llegó Bolaños en 1575 a las misiones del Paraguay con los padres Villalba, San Buenaventura, de la Torre, y Vivaldo, y con el hermano Andrés. Partiendo de Asunción, hacia el norte, lograron en 1580 fundar Los Altos, una misión que reunía unos 300 indios. A veces no fundaban, sino que cristianizaban un poblado indio ya existente. Con Los Altos, las primeras reducciones fueron San Francisco de Atirá, San Pedro de Ipané, San Blas de Itá, San Buenaventura de Yaguarón.

El padre Bolaños, ya sacerdote, en 1597, tras un tiempo de ministerios en Ascensión, vuelve a misionar en la zona del Paraná. Nace entonces la reducción de San José de Cazaapá, con más de 600 familias, la de San Francisco Yutí, con otros 600 indios, la de Santiago del Baradero. En fin, fueron catorce las reducciones que se formaron entre 1580 y 1615, y otros diez pueblos fueron cristianizados. Muchos de estos núcleos de población hoy subsisten (Molina 485-486).

«Esta red de fundaciones, las primeras -hace notar el padre Egaña-, acusan ya la mente de su creador: circundar la capital de reductos cristianos fácilmente evangelizables desde el centro y evitar simultáneamente el incluirlos en la ciudad española, donde perderían su autonomía. Ideas-base para todo el ulterior desenvolvimiento de la obra. Es, pues, mérito del benemérito franciscano haber establecido ya el máximo axioma que presidiría toda la obra, y fuente capital del éxito» (190).

El gran misionero fray Luis de Bolaños, nacido en 1539, a los 79 años, agotado y casi ciego, se retiró a Buenos Aires, en donde murió en 1629. A él y a sus colaboradores se debió la composición de un catecismo, una gramática y un diccionario en guaraní, lengua que hoy felizmente sigue viva, en buena parte gracias a ellos. La presencia misionera franciscana en el Paraguay siguió siendo importante en los años siguientes: en 1680 había 150 religiosos en 11 conventos, y en 1700, 153 en 19.

También los dominicos desempeñaron una importante labor misionera en esta zona, como puede verse en la obra de Alfonso Esponera Cerdán, Los dominicos y la evangelización del Uruguay (San Esteban, Salamanca 1992). Especialmente importante fue la reducción de Santo Domingo Soriano, que hacia 1661 iniciaron junto al río Uruguay, y que por esas fechas reunía quizá más población que Buenos Aires, ciudad que le quedaba cerca.

Los jesuitas en el Río de la Plata

Las Constituciones de San Ignacio prohiben terminantemente a la Compañía hacerse cargo de parroquias (IV,2; VI,4). Y eso en América ataba las manos de los misioneros jesuitas para trabajar con los indios. Así se lo escribía a San Francisco de Borja, entonces General, el provincial Ruiz Portillo: «me avise V. P. cómo nos habremos, pues en todas estas Indias es éste el modo que se tiene para convertirlos». A todo esto, el virrey don Francisco de Toledo apremiaba cada vez con mayor fuerza el proceso reduccionístico.

Alfonso Echánove, al estudiar el Origen y evolución de la idea jesuítica de «Reducciones» en las Misiones del Virreinato del Perú , destaca «la gran obra organizadora» del virrey Toledo, y el mérito de «su actividad en favor de los indios, y concretamente sus eficaces esfuerzos por reducirlos al estado y organización civil que tenían en el período incaico, añadiendo las modificaciones necesarias para que espiritualmente el edificio descansara sobre bases cristianas» (108-109). Precisamente fue bajo su iniciativa como los jesuitas, autorizados para ello, comenzaron a trabajar en doctrinas.

Y así en 1570 se hicieron cargo finalmente de dos doctrinas, la de Santiago del Cercado, en Lima, que venía a ser una reducción urbana, y la de Huarachorí, a cincuenta kilómetros de la capital, que reunía más de setenta ayllos o clanes familiares, y que era una reducción más completa, más semejante a las que se harían después.

En 1576 recibieron la doctrina de Juli, junto al lago Titicaca, y en ésta se ve la primera reducción de los jesuitas, la que había de ser modelo decisivo para las reducciones paraguayas que treinta y cinco años más tarde comenzarían a establecerse. El provincial José de Acosta, el más cualificado colaborador de Mogrovejo, el santo Arzobispo de Lima, apoyó de todo corazón esta entrega de la Compañía al servicio misionero de doctrinas y reducciones.

Los jesuitas en la Asunción

En 1586, procedentes del Brasil, llegan a Salta seis jesuitas -los padres Nóbrega, Nunes, Saloni, Ortega y Filds, y el hermano Jácome-, llamados por el primer obispo de Tucumán, el dominico portugués Francisco de Vitoria, aquel que tanto revolvió en el III Concilio de Lima, como ya vimos (345-347). Ortega, Saloni y Filds se quedan en la Asunción, y los otros dos padres parten hacia los indios de Guayrá, donde en un año bautizaron unos 6.500 indios.

Los jesuitas desarrollaron en la Asunción una gran labor religiosa, donde abrieron un colegio en 1585, y edificaron una hermosa iglesia diez años más tarde; pero pronto, sin embargo, tuvieron graves dificultades con españoles y criollos. El Padre Romero, nuevo superior (1593), renuncia a un terreno porque sólo podría mantenerse con el «servicio personal» de los indios, que él no quiere tener para no dar mal ejemplo.

En 1604 una predicación durísima del padre Lorenzana amenaza con la cólera divina a los pobladores de la Asunción que no dejen libres a unos indios capturados en una razzia. Con éstas y otras cosas, el apoyo de la ciudad a los jesuitas disminuye notoriamente y surgen hostilidades y calumnias. No obstante estas dificultades, el padre general Aqua-viva erige en 1607 la provincia jesuítica del Paraguay con 8 Padres, que siete años después serán ya 113.

Por otra parte, Ramírez de Velasco, gobernador de Tucumán, escribe por estos años al Rey pidiéndole que acabe con los innumerables abusos a que da lugar la encomienda. Felipe III ordena en 1601 la supresión del servicio personal de los indios en todas sus posesiones, y mediante nuevas cédulas reales, de 1606 y 1609, sigue exigiendo el desarrollo del sistema reduccional en las misiones, que ya había sido probado con éxito por fray Luis de Bolaños y sus hermanos franciscanos. Finalmente, el visitador real de la región, don Francisco de Alfaro, sugiere al padre Torres, primer provincial de los jesuitas, que vincule directamente a la Corona las comunidades misionales que se van formando, como así se hizo.

En estas acciones combinadas de funcionarios reales y de religiosos misioneros comprobamos una vez más que la obra misional de España en las Indias nació de una acción conjunta, protagonizada por los misioneros y apoyada por las autoridades civiles de la Corona, atentos con frecuencia a las responsabilidades religiosas implicadas en el Patronato Real.

Recordemos al paso que, junto a Ascensión, hacia 1600 un cristiano guaraní, llamado José, viéndose perseguido por un grupo de indios mbyaes, se escondió detrás de un árbol, y prometió a Dios hacer con aquel tronco una imagen de la Virgen si salvaba la vida. Sus enemigos pasaron de largo, y el indio José talló la imagen preciosa que hoy se venera en el grandioso Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé.

Las reducciones jesuíticas del Paraguay

Las reducciones de la Compañía en el territorio que hoy ocupa en su mayor parte Paraguay han merecido un lugar muy especial en la historia de las misiones católicas.

Hay una abundante bibliografía sobre las reducciones, y de ella destacaremos sólo algunas obras, como la del padre alavés José Cardiel (1704-1781), muchos años misionero en Las misiones del Paraguay; Pablo Hernández, Organización social de las doctrinas guaraníes , obra importante que no he podido consultar; Raimundo Fernández Ramos, Apuntes históricos sobre Misiones; Maxime Haubert, La vida cotidiana de los indios y jesuitas en las misiones del Paraguay; Clovis Lugon, La république des Guaranis; les jesuites au pouvoir; Alberto Armani, Ciudad de Dios y Ciudad del Sol; el «estado» jesuita de los guaraníes (1609-1768). Es también muy interesante la obra, más arriba citada, Tentación de la utopía, pues recoge muy variados documentos de los mismos misioneros jesuitas de las reducciones.

Desde un comienzo, las instrucciones del padre provincial Diego de Torres, dadas a los misioneros expedicionarios, expresan ya el planteamiento fundamental que va a regir en las reducciones durante siglo y medio. Los misioneros, al hacer las reducciones, deben elegir bien el pueblo, el cacique, las tierras y lugares más convenientes. Han de asegurar en seguida el desarrollo de los trabajos agrícolas y ganaderos que aseguren el sustento de la población, que tendrá unos 800 o 1.000 indios.

«Cuanto más presto se pudiere hacer, con suavidad, y gusto de los indios, se recojan cada mañana sus hijos a deprender la doctrina y de ellos se escojan algunos, para que deprendan a cantar, y leer...». Y en fin, «con todo el valor, prudencia y cuidado posible, se procure que los españoles no entren en el pueblo, y si entraren, que no hagan agravio a los indios... y en todo los defiendan [los misioneros], como verdaderos padres y protectores». Tres expediciones de jesuitas partieron inmediatamente con un ímpetu misional formidable. San Roque González, misionero jesuita, criollo de la Asunción, escribiría más tarde en una carta: «Creo que en ninguna parte de la Compañía hubo mayor entusiasmo, mejor voluntad y más empeño» (Tentación 70).

La misión entre los guaycurús, cerca de Asunción, al otro lado del Paraná, fue encomendada, la primera, en mayo de 1610, a los padres Griffi y Roque González. Fue un fracaso, y los dos intentos posteriores, en 1613 y 1626, también lo fueron. Aún habría otros intentos en el XVII, pero finalmente hubo que desistir, porque los guaycurús en modo alguno aceptaban sujetarse a vivir en pueblos, acostumbrados a su vida en la selva.

La misión entre los guaranís, en el Paraná, encomendada a los padres Lorenzana y San Martín, a los que pronto se unió Roque González, tuvo buen éxito, y nació en 1610 la primera reducción, la de San Ignacio Guazú (grande), y en seguida Itapúa, Santa Ana, Yaguapá y Yuti. Los jesuitas visitaron al venerable franciscano Bolaños, que se hallaba entonces por aquella zona, y se ayudaron con su experiencia.

La misión entre los guayrás, en la región de Guayrá, en la parte del Brasil que toca con el nordeste del Paraguay actual, arraigó también felizmente. Los padres italianos Cataldino y Masseta iniciaron en julio de 1610 las dos primeras reducciones, San Ignacio y Loreto; en ésta última había ya un cierto número de indios bautizados por los padres Ortega y Filds.

El padre Roque González, por su parte, fundó nuevas reducciones entre los ríos Paraná y Uruguay, como la de Concepción, en 1619, con unas 500 familias, que fue el primer centro misional de la región uruguaya. Posteriormente nacieron las de San Nicolás de Piratiní, Nuestra Señora de la Candelaria de Ibicuy, San Francisco Javier de Céspedes, Nuestra Señora de los reyes de Ypecú, Nuestra Señora de la Candelaria de Ivahi, Asunción, santos mártires del Japón de Caaró. En ésta precisamente fueron martirizados los tres santos jesuitas de los que en seguida hablaremos.

Las poblaciones misionales se multiplicaron con suma rapidez, sobre todo después de la llegada del padre Antonio Ruiz de Montoya, que de 1620 a 1637 dió gran impulso a las reducciones, como superior general. Él mismo compuso un léxico Tesoro de la lengua guaraní, perfeccionando el vocabulario de Bolaños, y escribió la crónica de la Conquista espiritual hecha por los religiosos de la Compañía de Jesús en las provincias de Paraguay, Paraná, Uruguay y Tape.

Hacia el 1700 la provincia jesuítica del Paraguay tenía 250 religiosos, de los cuales 73 trabajaban en las 30 reducciones ya fundadas: 17 en torno al río Uruguay, que dependían del obispado de Buenos Aires, y 13 cerca del Paraná, pertenecientes a la diócesis de Asunción. En ellas vivían 90.000 indios, que formaban 23.000 familias. Las visitas episcopales fueron muy raras, sólo siete en 158 años.

Incursiones de los cazadores de esclavos

En los primeros decenios las reducciones hubieron de sufrir graves ataques de bandeirantes o mamelucos, es decir, de paulistas procedentes del Brasil -precisamente fue un misionero jesuita, el padre Nóbrega, quien fundó Sao Paulo-, que entraban en los territorios misonales a la caza de esclavos. Particularmente terribles fueron las incursiones sufridas en las reducciones de Guayrá, que dieron lugar a la gran migración de 1631 decidida por el padre Ruiz de Montoya, y los ataques de 1636, 1638 y 1639.

Todos estos ataques ponían en peligro la existencia misma de las reducciones, y el padre Montoya viajó a Madrid donde consiguió autorización de armar a los indios. En 1640, en efecto, la Corona concedió permiso de usar armas de fuego a todos los indios de las reducciones, con gran escándalo y protesta de los hispano-criollos. Pronto se organizó y adiestró un fuerte ejército, que no hubo de esperar mucho para mostrar su fuerza.

En 1541 se libró una fuerte batalla en Mbororé, sobre el río Uruguay. En unas 900 canoas, se aproximaban 800 bandeirantes, armados hasta los dientes, acompañados por 6.000 tupíes aliados suyos, éstos sin armas de fuego. El ejército guaraní, conducido por el cacique Abiaru, era de 4.000 hombres, 300 de ellos con armas de fuego, que llevaban disimuladas. El padre Rodero hizo la crónica oficial de la pelea. Abiaru, con unos pocos, se adelantó en unas piraguas, y a gritos echó en cara al Comandante paulista la vergüenza de que gente que se decía cristiana viniera a quitar la libertad a otros hombres que profesaban la misma religión. El Comandante no respondió nada y su flota siguió avanzando. Estalló por fin la lucha, y en el río los paulistas y tupíes sufrieron tal descalabro que hubieron de refugiarse en tierra, donde al día siguiente continuó la batalla, con clara victoria guaraní.

Con eso se terminaron para siempre las grandes razzias procedentes del Brasil para la captura de esclavos. La fuerza armada guaraní fue tan potente que el Virrey del Perú, conde de Salvatierra, la nombró defensora de la frontera hispanolusa, y de hecho pudo impedir en adelante todos los intentos portugueses por entrar en el Río de la Plata. Pero antes de 1641 las reducciones sufrieron el horror de unos 300.000 indios cautivos. Se calcula que sólamente entre 1628 y 1630 los paulistas hicieron en las reducciones unos 60.000 esclavos. Cristianos viejos encadenaban a cristianos neófitos para venderlos como esclavos...

Urbanismo de las reducciones

El orden de las diversas reducciones era prácticamente idéntico en todas el mismo, también en lo que se refiere al urbanismo. La iglesia, el corazón del poblado, con media docena de campanas al menos, solía ser de piedra, al menos la parte inferior, y sumamente grandiosa, como puede comprobarse hoy al observar sus imponentes ruinas. Su fachada se abría a una gran plaza, de unos 100 por 130 metros, rectangular, rodeada de árboles, con una gran cruz en sus cuatro ángulos, una fuente y la estatua de la Virgen o del patrón alzada sobre columna. Cerraban la plaza los edificios públicos, ayuntamiento, escuela, vivienda de los padres, talleres artesanos, graneros y almacenes, asilo y hospital, casa de viudas, y tras la residencia de los padres una huerta y un gran jardín botánico, de mucha importancia para la selección de semillas y aclimatación de especies.

De la plaza, trazadas a cordel, salían las calles, y en filas paralelas se ordenaban las casas de los guaraníes, cosa común a las ciudades hispanas de América. Manzanas de seis o siete casas quedaban unidas por pórticos, que protegían del sol y de la lluvia; por estas galerías podía recorrerse a cubierto toda la ciudad.

Los jesuitas, no pocos de ellos procedentes de ilustres familias europeas o criollas, hicieron con los indios de albañiles, carpinteros, tejeros y arquitectos. En fin, los visitantes que llegaban a las reducciones, después de días de camino por lugares agrestes y selváticos, quedaban realmente asombrados al ver, sobre todo, aquellas iglesias, algunas, como la de Santa Rosa o la de Corpus, verdaderas catedrales, los edificios sin duda más hermosos de toda la región del Plata.

Gobierno interior

En la comunidad reduccional los caciques, que en cada poblado eran 20 o 30, tuvieron al comienzo bastantes atribuciones, pero poco a poco fueron relegados a la condición decorativa de nobles, en tanto que se desarrolló una organización electiva de todos los cargos y ministerios. Los cargos en general solían ser anuales, de modo que se veían frecuentemente renovados. El Corregidor, en cambio, era autoridad constituída por cinco años, y sólo el Superior general de la federación de reducciones, jesuita, podía deponerle. Con él, venía en importancia el Cabildo o consejo elegido, compuesto de alcaldes, fiscales y otros ministros. El Cura, jesuita, asistía, hacía observaciones, que normalmente eran acogidas, y tenía en ciertas cuestiones un poder que podríamos llamar de veto, pero en general su mayor trabajo era asistir a los indios para que asumieran sus responsabilidades y las ejercitaran.

Piensa Lugon que «es por las elecciones y por el ejercicio de las funciones públicas por lo que los guaraníes adquieren un sentimiento tan vivo de su autonomía nacional y de su responsabilidad frente al bien común» (62). En realidad, aquella gran autonomía que, respecto de las autoridades civiles y eclesiásticas locales, habían conseguido de la Corona las reducciones, ocasionó en éstas muchas ventajas, pero dió lugar también a no pocas sospechas y odiosidades. En todo caso, es evidente que en el régimen comunitario de las reducciones una de las claves más decisivas fue precisamente el aislamiento del mundo hispano americano. Los indios, por este aislamiento autónomo, no sólamente se vieron libres de muchos vicios y tentaciones, escándalos y abusos, sino que también tuvieron ocasión de cobrar conciencia nacional, identidad propia de pueblo guaraní, directamente vinculado a la Corona española.

En todo caso, como decía el padre Cardiel, «todo este concierto es instituído por los Padres: que el indio de su cosecha no pone orden, economía ni concierto alguno. El Padre es el alma de todo: y hace en el pueblo lo que el alma en el cuerpo. Si descuida algo en velar, todo va de capa caída. Dios nuestro Señor, por su altísima providencia, dio a estos pobrecitos indios un respeto y obediencia muy especial para con los Padres; de otra manera era imposible gobernarlos» (70-71).

Por lo demás, ya entonces, como ahora, había intelectuales progresistas que, a mil o diez mil kilómetros de distancia, sin haber pisado jamás la selva, ni conocer siquiera sea de vista a los indios guaraníes, «decían que todo este gobierno era errado», que aquellos indios para hacerse realmente adultos necesitaban tener sus propiedades privadas, su trato con los españoles y su capacidad libre de comerciar; «y los Padres sólo enseñar la Doctrina cristiana».

A lo que responde Cardiel: «Qué más quisiéramos nosotros, que poder conseguir esto, por estar libres de tanto cuidado temporal. Muchas pruebas se han hecho para conseguir algo de esto en diversos tiempos: mas nada se ha podido alcanzar. Si estos indios fueran como los españoles, o como los indios del Perú y Méjico, que antes de la conquista vivían con gobierno de Reyes y leyes, con economía y concierto, con abundancia de víveres, adquiridos labrando sus tierras, en pueblos y ciudades: si fueran de esta raza, casta y calidad, se podía decir eso. Pero son muy diversos. Eran en su gentilismo fieras del campo como se ha dicho. La experiencia ha mostrado que el cultivo de 150 años, que ha que empezaron sus primeras conversiones, sólo ha podido conseguir el amansarlos y reducirlos a concierto, como se ha dicho, de que se admiran mucho los Obispos y otros, considerando lo que eran, teniendo por mucho lo que se ha hecho y conseguido» (92).

Téngase, por lo demás, en cuenta que los mismos jesuitas usaban por esos años de una pedagogía pastoral muy diversa en otras regiones de América, lo que demuestra que la política seguida en las reducciones guaraníes no procedía tanto de principios ideológicos de la Compañía de Jesús, como de la necesidad impuesta por la misma realidad de aquellos indios.

Economía

Siguiendo las instrucciones primeras del padre Torres, las reducciones se centraron económicamente en la agricultura y la ganadería. Los indios hasta entonces conocían sólo un cultivo itinerante: quemaban parte del bosque, se establecían unos años en esas tierras, hasta que las abandonaban al perder la fertilidad. En cambio en las reducciones pudieron perfeccionar mucho la agricultura, no sólo el uso de arados y animales de tracción, sino con la diversificación de cultivos, entre los cuales sobresalió la yerba mate. También la ganadería alcanzó también un desarrollo muy notable en cantidad y calidad, marcando la fisonomía del país hasta nuestros días.

Yapeyú, por ejemplo, llegó a tener más de 200.000 cabezas de ganado. De este modo, el autoabastecimiento era prácticamente completo, y la dieta media de los indios bastante superior a la del mundo circundante. El jesuita José Cardiel da cuenta de las estancias inmensas de ganado, y prevé que para quien no haya conocido directamente las reducciones todos esos datos le parecerán increíbles: «se le hará imposible estancia de cincuenta leguas [unos 280 kilómetros]: gasto de diez mil vacas al año en un pueblo de mil setecientos vecinos: precio de ellas de solo tres reales de plata, etc. Pero es otro mundo aquél. La misma admiración nos causaba a nosotros a los principios. O pensará que las vacas son chicas como carneros: y otras cosas a este modo. Son tan grandes como las de España, o más. Ni las leguas son chicas. Las estancias de Yapeyú [50 leguas por 30] y San Miguel [40 por 20] son las mayores [y a ellas llevaban ganado de varias reducciones]; las demás son de ocho, diez, o a lo más veinte leguas de largo» (79).

Con todo esto, en opinión del francés Clovis Lugon, «ninguna región de América conoció en la época una prosperidad tan general ni un desarrollo económico tan sano y equilibrado» (92), y eso que la jornada laboral con horas limitadas -más reducida en el caso de labores más penosas-, ya se había establecido en las reducciones, con una anticipación de dos o tres siglos respecto de los países más adelantados del Occidente.

Por lo demás, el régimen económico era mixto, privado y comunal, tanto en la propiedad como en el trabajo, tanto en la agricultura como en la ganadería. Muchos europeos y criollos veían mal este excesivo comunismo establecido por los jesuitas, y a veces éstos pretendieron modificarlo en algo, como en la posesión de ganado, pero sin éxito. El padre José Cardiel, escribe: «Hemos hecho en todos tiempos muchas pruebas para ver si les podemos hacer tener y guardar algo de ganado mayor y menor y alguna cabalgadura, y no lo hemos podido conseguir» (71).

Industrias

Pronto se instalaron en las reducciones molinos de viento o de agua, fábricas de azúcar y de aceite, de ladrillos y de tejidos, así como naves para el secado y preparación de la yerba mate. En las herrerías y fundiciones, modestas, pues la región era pobre en metales, se produjeron en seguida campanas, con mineral importado de Conquimbo o de Chile, y en cuanto hubo autorización para armar a los indios, también se fabricaron armas y municiones.

Los funcionarios o misioneros que llegaban a las reducciones quedaban asombrados al ver relojes, órganos y toda suerte de instrumentos musicales o esferas astronómicas, fabricados completamente por los indios. En la reducción de San Juan tenían un reloj en el que iban saliendo los doce apóstoles al dar las campanadas del mediodía. En el río Uruguay y en el Paraná tuvieron también astilleros donde construían naves, bien adaptadas y extremadamente resistentes, para el transporte de sus productos.

Roa Bastos recuerda que «ochenta años antes que en Buenos Aires, capital de la gobernación y luego del virreinato del Río de la Plata, se establecieron en las Misiones las primeras imprentas» (Tentación 34). En ellas se publicaron muchos textos, gramáticas, catecismos y libros espirituales, en lengua guaraní, como la obra Temporal y eterno, publicada en 1705 en las prensas de Loreto, con 67 viñetas y 43 láminas grabadas por artesanos guaraníes. También tenían imprentas Santa María Mayor, San Javier y Candelaria. Este cultivo del lenguaje guaraní, ya iniciado por el franciscano Bolaños, fue decisivo para que la lengua haya podido conservarse viva hasta nuestros días. El provincial Ruiz de Montoya decía que los guaraníes «tanto estiman su lengua, y con razón, porque es digna de alabanza y de celebrarse entre las de fama» (Tentaciones 70). También en las reducciones se imprimieron los mapas geográficos de América más exactos de la época.

Por otra parte, la orientación profesional se practicaba en aquellos poblados misionales dos o tres siglos antes que en el Occidente culto. Y así en los relatos del jesuita Charlevoix, publicados en París en 1747, se dice que en las reducciones «desde que los niños están en edad de poder iniciarse en el trabajo, se les lleva a los talleres y se les coloca en aquellos para los que parecen mostrar más inclinación, ya que se estima que el arte debe estar guiado por la naturaleza» (Lugon 98).

Y lo mismo que sucedió a los misioneros de Nueva España ocurrió también aquí a los jesuitas, que quedaban impresionados al ver la habilidad manual de los indios, y sobre todo su prodigiosa capacidad de imitación.

El jesuita tirolés Anton Sepp, en 1696, observaba: «No pueden inventar ni idear absolutamente nada por su propio entendimiento, aunque sea la más simple labor manual, sino siempre debe estar presente el padre y guiarlos; debe darles sobre todo un modelo y ejemplo. Si tienen uno, él puede estar seguro de que imitarán la labor exactamente. Son indescriptiblemente talentosos para la imitación. Por ejemplo: queríamos tener hermosas puntillas grandes para un altar. ¿Qué hace la india? Toma una puntilla de un palmo de ancha traída de Europa, coge los hilos con la aguja, deshace un poco la puntilla, ve cómo está tejida o tramada y de inmediato hace otra. La nueva es tan parecida a la vieja que no puedes reconocer cuál es la puntilla holandesa o española, y cuál la indígena. Y así es con todas las cosas. Tenemos dos órganos, de los cuales uno fue traído de Europa, mientras el otro ha sido hecho por los indios tan idénticamente, que al principio yo mismo me confundí, tomando el indígena por el europeo. Aquí hay un misal, una impresión de Amberes, de la mejor calidad; allí hay un misal copiado por un indio: no se puede reconocer cuál es el misal impreso y cuál el copiado. Las trompetas son idénticas a las de Nüremberg, los relojes no ceden en nada a los de Augsburgo, famosos en el mundo entero. Hay pinturas que parecen haber sido pintadas por Rubens. En una palabra, los indios imitan todo, mientran tenga un modelo o ejemplo» (Tentación 122).

El talento natural de los indios, en el orden de una vida estable y pacífica, y la organización del trabajo, daba lugar a estas industrias sorprendentes. Así las cosas, bien puede afirmarse que la federación de reducciones guaraníes formó en su tiempo la única nación industrializada de América del Sur (Lugon 98).

Música

Los indios de América, en general, con sus pobres instrumentos ancestrales, no conocían apenas las maravillas del mundo de la música, y quedaban absolutamente fascinados cuando entraban en él. El sonido de las campanas, del violín o del órgano creaban para ellos un mundo mágico, apenas creíble. Esta fuerza misionera de la música fue conocida desde un principio, como ya lo vimos en los franciscanos de México.

Cuando los dominicos del padre Las Casas entraron en la Verapaz, habían enseñado a cuatro indios cristianos unas coplas, que cantaron ante los paganos acompañándose de un teneplaste (madero hueco), sonajas y cascabeles. Éstos quedaron tan encantados «que tuvieron que cantarlas durante ocho días» (MH 6,1949, 503). Y en las reducciones guaraníes, quizá de un modo especial, la música tuvo una extraordinaria importancia, gracias en buena parte a los jesuitas europeos no españoles.

En efecto, el hermano jesuita Louis Berger, originario de la Picardía, enseñó a los guaraníes la música vocal e instrumental. El padre belga Jean Vassaux, de Tournai, de ser maestro de música en la corte de Carlos V pasó a enseñar solfeo y la notación musical más moderna a los indios de las reducciones, y murió en 1623, en Loreto, al servicio de los apestados. De todos modos fue quizá Anton Sepp el mejor maestro de música que hubo en las reducciones. Escuelas de danza, de canto y de música instrumental existían en todas ellas, aplicando estas artes fundamentalmente a la vida religiosa. Los cronistas hablan de que los indios formaban verdaderas orquestas, a un nivel europeo.

Anton Sepp cuenta en una relación de 1696: «En este año ya logré que dominaran sus instrumentos: seis trompetistas de distintas reducciones -cada pueblo tiene cuatro trompetistas-, tres buenos tiorbistas, cuatro organistas... Este año he logrado que treinta ejecutantes de chirimía, dieciocho de trompa, diez fagotistas hicieran tan grandes progresos que todos pueden tocar y cantar mis composiciones. En mi reducción he anotado para ocho niñitos indios el famoso Laudate Pueri. Lo cantan con tal garbo, tal gracia y estilo que en Europa apenas se creería de estos pobres, desnudos, inocentes niñitos indios. Todos los misioneros están llenos de alegría y agradecen al Señor Supremo que, después de tantos años, les haya enviado un hombre que también ponga a la música en buenas condiciones... Cuánto me honran y aman los indios, la modestia y el pudor no permiten describirlo. Yo soy indigno de todo esto, y el mayor pecador y más inútil de todos los siervos en Cristo» (Tentación 118-119). Y añade: «Todos los días de fiesta, después de vísperas y antes de la misa mayor, engalanamos a algunos chicuelos indios en forma hermosa; tan hermosa como los pobres indios no han visto en su vida. Luego representan sus bailes en la iglesia, donde todos están reunidos. También organizamos espectáculos de baile en las procesiones públicas, especialmente en la fiesta del Corpus Christi» (126).

La excelencia de la música en las reducciones, ya desde sus comienzos, fue opinión común. El padre Ripario escribe en 1637 al provincial de Milán que los indios acompañan la misa «con buonissima musica». En 1729, el padre Mathias Strobel dice en una carta dirigida a un jesuita de Viena: «Se creería que esos músicos han venido a la India de alguna de las mejores ciudades de Europa» (146). Y el padre Cardiel, ya anciano y exiliado en Italia, no puede contener las lágrimas cuando evoca «el devotísimo estruendo» de voces e instrumentos que solemnizaba la liturgia en las reducciones: «Todos los días cantan y tocan en la Misa. Al empezar la Misa tocan instrumentos de boca y a veces de cuerdas... causando notable devoción. En el laudate comienzan los tenores y los demás músicos grandes con los clarinetes y chirimías, instando a los niños tiples: laudate pueri, pueri laudate, laudate nomen Domini... (No se maravillen si va mojado de lágrimas este papel). Cantan con tal armonía, majestad y devoción, que enternecerá el corazón más duro. Y como ellos nunca cantan con vanidad y arrogancia, sino con toda modestia, y los niños son inocentes, y muchos de voces que pudieran lucir en las mejores Catedrales de Europa, es mucha la devoción que causan». Y bajando de sus recuerdos extasiados, continúa el padre Cardiel: «Como los misioneros primitivos vieron que estos indios eran tan materiales, pusieron especial cuidado en la música, para traerlos a Dios; y como vieron que esto les traía y gustaba, introdujeron también regocijos y danzas modestas» (117-118).

En las reducciones los padres tenían formado un verdadero Ministerio de ocios y juegos, de modo que con los indios más artistas y dotados organizaban danzas, paradas militares y evoluciones de jinetes en la plaza mayor, que a un tiempo eran entrenamiento bélico, juego y fiesta, sesiones de teatro, procesiones con cantos para ir, regidos por los toques de campana, al trabajo en los campos.

Con todos estos recursos obtenían los misioneros lo que en un principio a ellos mismos había parecido imposible, integrar a aquellos indios en una vida asociada y armoniosa, y estimularles a un trabajo sostenido, aunque sólo fuera unas pocas horas cada día, siendo ellos tan reacios a todo ordenamiento laboral.

Orden y justicia

El derecho penal era en las reducciones extremadamente benigno para los usos de la época, y la pena de muerte estaba excluída dos o tres siglos antes que en los países de Occidente. «Aunque este gentío es de genio humilde, pacífico y quieto, especialmente después de cristianos, no puede menos de haber en tanta multitud algunos delitos dignos de castigo. En toda la América, los Curas, clérigos y regulares, castigan a sus feligreses indios. Para todos los delitos hay castigo señalado en el Libro de Ordenes: todos muy proporcionados a su genio pueril, y a lo que puede el estado sacerdotal. No hay más castigo que cárcel, zepo y azotes. Los azotes nunca pasan de veinticinco. Todos los encarcelados de ambos sexos vienen cada día a Misa y a Rosario con sus grillos, acompañados de su Alguacil y Superiora».

«El Cura [de la reducción] es su padre y su madre, juez eclesiástico y todas las cosas. Cayó uno en un descuido o delito: luego le traen los Alcaldes ante el Cura a la puerta de su aposento: y no atado y agarrado, por grande que sea su delito. No hacen sino decirle: Vamos al Padre: y sin más apremio viene como una oveja: y ordinariamente no le traen delante de sí, ni en medio, sino detrás, siguiéndoles: y no se huye». El Cura hace sus preguntas y averiguaciones, y quizá concluya: «Y ahora, hijo, que te den tantos azotes. Siempre se les trata de hijos. El delincuente se va con mucha humildad a que le den los azotes, sin mostrar jamás resistencia: y luego viene a besar la mano del Padre, diciendo: Aguyebete, cheruba, chemboara chera haguera rehe: Dios te lo pague, Padre, porque me has dado entendimiento. Nunca conciben el castigo del Padre como cosa nacida de la cólera u otra pasión, sino como medicina para su bien, y en persuadirles esto inculcan los Cabildantes cuando los domingos repiten la plática del Padre. Es tanta la humildad que muestran en estos casos, que a veces nos hacen saltar las lágrimas de confusión» (146-147).

Los niños, ante todo

Pero vengamos a lo principal de las reducciones, a la formación cristiana integral de un pueblo nuevo. El padre Cardiel decía: «en la crianza de los muchachos de uno y otro sexo, se pone mucho cuidado. Hay escuelas de leer y escribir, de música y de danzas», y a ellas asisten los hijos de los caciques, mayordomos, cabildantes y principales del pueblo, «en su modo de concebir, y también vienen otros si lo piden sus padres. Tienen sus maestros indios; aprenden algunos a leer con notable destreza, y leen la lengua extraña mejor que nosotros. Debe de consistir en la vista, que la tienen muy perspicaz, y la memoria, que la tienen muy buena: ojalá fuera así el entendimiento. También hacen la letra harto buena» (115).

Especial cuidado se ponía en la educación cristiana de los niños. El Catecismo empleado era el dispuesto por el III Concilio Limense (1582-1583), y según las disposiciones conciliares que ya conocemos (342-344, 348) era enseñado en guaraní. Por cierto que las orientaciones de este sagrado Concilio influyeron en las reducciones más de lo que suele recordarse. En efecto, ya en este Concilio -como en el anterior de 1567- los Padres conciliares dieron a la evangelización de los indios una versión acentuadamente civilizadora: «que se enseñe a los indios vivir con orden y policía y tener limpieza y honestidad y buena crianza» (347), etc.

Un capuchino francés que visitó las reducciones, Florentin de Bourges, escribía en 1716: «La manera en que educan a esta nueva cristiandad me impresionó tan profundamente que la tengo siempre presente en el espíritu. Éste es el orden que se observa en la reducción donde me hallaba, la cual cuenta con alrededor de treinta mil almas. Al alba se hace sonar la campana para llamar a la gente a la iglesia, donde un misionero reza la oración de la mañana, luego de lo cual se dice la misa; posteriormente las gentes se retiran y cada cual se dirige a sus ocupaciones. Los niños, desde los siete u ocho hasta los doce años, tienen la obligación de ir a la escuela, donde los maestros les enseñan a leer y escribir, les transmiten el catecismo y las oraciones de la Iglesia, y los instruyen sobre los deberes del cristianismo. Las niñas están sometidas a similares obligaciones y hasta la edad de doce años van a otras escuelas, donde maestras -de virtud comprobada- les hacen aprender las oraciones y el catecismo, les enseñan a leer, a tejer, a coser y todas las otras tareas propias de su sexo. A las ocho, todos acuden a la iglesia donde, tras haber rezado la plegaria de la mañana, recitan de memoria y en voz alta el catecismo; los varones se ubican en el santuario, ordenados en varias filas y son quienes comienzan; las niñas, en la nave, repiten lo que los varones han dicho. A continuación oyen misa y después de ella finalizan el recitado del catecismo y regresan de dos a dos a las escuelas.

«Me conmovió el corazón presenciar la modestia y la piedad de esos niños. Al ponerse el sol se tañe la campana para la oración del atardecer y luego de lla se recita el rosario a dos coros; casi nadie se exime de este ejercicio y quienes poseen motivos que les impiden acudir a la iglesia se aseguran de recitarlo en sus casas... La unión y la caridad que reinan entre los fieles es perfecta; puesto que los bienes son comunes, la ambición y la avaricia son vicios desconocidos y no se observan entre ellos ni divisiones ni pleitos... Que yo sepa, no hay misión más santa en el mundo cristiano» (Tentación 130-136).

Ya en los primeros años se recogieron en las reducciones estos frutos impresionantes de cristiandad, sobre todo entre los niños, cuya transformación dejaba asombrados a sus propios padres. Así lo testimonia en 1636 el jesuita Nicolao Mistrilli: «cuando estas buenas gentes ven a sus hijos tan bien instruidos en la lectura, en la escritura, el canto, el manejo de los instrumentos, el baile al ritmo, que dan delante de ellos en público y en privado diversas pruebas de su satisfacción, ¡quién puede expresar la alegría que hay en sus corazones!... Veríais a unos prorrumpir en lágrimas de alegría; escucharíais a los otros dar a Dios mil gracias y agradecer a los padres con palabras llenas de afecto; a algunos regocijarse con sus hijos de haber venido al mundo en época tan venturosa» (Tentación 101).

Un nuevo pueblo cristiano

Las celebraciones religiosas eran frecuentes, y tan variadas y coloristas que apenas intentaremos describirlas, pues, al toque de las campanas, constituían un marco de vida permanente, lo mismo al levantarse que al finalizar el día, al ir al trabajo o al regresar de él, en los cantos y danzas: todo en las reducciones era vida explícitamente religiosa y cristiana.

Estos nuevos cristianos, dice el padre Mistrilli, confesaban con frecuencia sus pecados, y con «abundantes lágrimas. Salvo los muy jóvenes, todos son admitidos a la santa comunión, y es excepcional su devoción por la Madre de Dios, lo cual manifiestan rezando todos los días en su honor el rosario. Es admirable el fervor con que abrazan la Cruz y participan en las penas de la Santa Pasión, con castigos diversos y duros en Su honor» (102).

De pocos años después de 1700 proceden los siguientes testimonios. Mathias Strobel: «apenas se puede describir la honestidad y piedad edificante sobremanera con que se presentan los indios cristianos» (146). Anton Betschon, jesuita tirolés: «Nuestros indios imitan en la vida común a los cristianos primitivos del tiempo de los apóstoles» (129; +Maxime Haubert titula el cp. VII de su libro Una imagen de la primitiva Iglesia). El Obispo de Buenos Aires, en una carta a Felipe V: «Señor, en esas populosas comunidades compuestas de indios, naturalmente inclinados a toda suerte de vicios, reina tan grande inocencia, que no creo que se cometa en ellas un solo pecado mortal»

Chateaubriand cita esta carta en su Génie du christianisme, de 1802, donde dedica unos capítulos a las Missions du Paraguay (IV p., IV l., cpts. 4-5). Un verdadero milagro.

El Cura en las reducciones

El milagro primero de Cristo en las reducciones fue, sin duda, la vida y ministerio de los propios misioneros jesuitas. La vida ascética de aquellos religiosos, cuidadosamente ordenada al modo ignaciano, implicaba una «distribución cuotidiana», igual en todas las reducciones. Tal como Cardiel la describe en el capítulo VI de su crónica resulta realmente impresionante, y en siglo y medio no conoció relajación, y apenas cambio alguno. Este «nuestro particular método y concierto», que alternaba armoniosamente oración y trabajo, silencio y conversación, era permanentemente guardado: «aunque haya muchos huéspedes, nunca se deja esta distribución».

El orden normal diario del misionero, tal como lo describe el padre Anton Sepp, era así: Levantarse «una hora antes del amanecer». Ya lavado y vestido, «voy a la iglesia, saludo el Santísimo Sacramento, me arrodillo y tengo mi meditación de una hora. Luego me confieso, caso que seamos dos los padres. Después se toca el Ave María con la gran campana; cuando salió el sol, se toca a misa. Después de la misa rezo durante un cuarto de hora mi Recessus [parte del Breviario]. Más tarde voy diariamente al confesionario. Luego enseño la doctrina cristiana a los chicos». Viene después la visita a los enfermos, con los sacramentos correspondientes, «pues entre tanta gente casi siempre hay alguien que va a morir, por lo cual también debo enterrar casi diariamente a algunos muertos. Luego inspecciono nuestras oficinas», a ver qué hacen los escolares, músicos y danzantes, los herreros, ebanistas y molineros, los pintores y escultores, los tejedores y carniceros. «Si me sobra tiempo voy al jardín, y examino si los jardineros» trabajan bien.

«A las nueve y media se entregan las vasijas, en las que los enfermeros llevan leche tibia, un buen trozo de carne y pan blanco a los enfermos en sus chozas. A las diez y media el chicuelo toca la campana para el examen de conciencia. Me encierro un cuarto de hora en mi habitación, examino mis pecados y luego me voy a comer». Durante la comida del padre, un niño hace la lectura espiritual, y si hay dos padres, tienen una hora de descanso y conversación. A la una «rezamos con los niños la letanía de todos los santos en la iglesia. Luego tengo tiempo hasta las dos de trabajar en algo para mí: de barro hago diversas imágenes de la Virgen, medallas y relicarios de seda. Un día compongo algo de música, y diariamente aprendo algo más de la lengua indígena. A las dos toca la gran campana la señal de trabajo». Otra vez inspección de talleres y visita a enfermos.

«A las cuatro enseño el catecismo, rezo el rosario con la gente, luego la letanía, y hago con ella el acto de contrición. Después debo enterrar casi diariamente a los muertos. A continuación rezo mis horas sacerdotales. A las siete ceno. Luego sigue un descanso de una hora. Después lectura religiosa, examen interior, preparación de la meditación del día siguiente y finalmente el reposo nocturno. Este es interrumpido a menudo por los enfermos, a quienes debo administrar por la noche los santos Sacramentos. Esta es la orden del día habitual» (Tentación 126-127). El bendito padre Sepp gozaba especialísimamente en la visita a los indios enfermos, viendo la bondad y paciencia con que morían sin una queja ni preocupación, bendiciendo a Dios: «aquí mi corazón es llenado de consuelo indescriptible, cada vez que entro en semejante pesebre de mi Señor Jesús, aquí mi alma se derrite» (116).

Verdaderamente es admirable el martirio diario de aquellos hombres encerrados en las reducciones con los indios, a veces durante muchos años, «gastándose y desgastándose por sus vidas» (+2Cor 12,15). Los padres tenían que emplearse enteros, las veinticuatro horas del día, para fomentar el bien de lo temporal -ésta era su mayor cruz-, y el bien de lo espiritual -aquí hallaban su mayor gozo y descanso-. Así vivieron en las reducciones entre 1608 y 1768, con pocos cambios, unos 1.500 jesuitas, sacerdotes o hermanos, de los cuales hubo 550 españoles, 309 argentinos, 159 italianos, 112 alemanes y austríacos, 83 paraguayos, 52 portugueses, 41 franceses, 22 bolivianos, 20 peruanos y 93 chilenos y de otras nacionalidades. Y lo más importante, hubo entre ellos treinta y dos mártires...

Los santos mártires de las reducciones

Los jesuitas, como tantos otros misioneros de América, entraban muchas veces en regiones que la Corona española no había podido dominar. Así, concretamente, iniciaron sus misiones en Guayrá y la región baja del Paraná, entrando a los indios, como dice el padre Cardiel, «sin más escolta ni más armas, entre gente tan feroz, que una cruz en la mano, que servía de báculo» (51).

Ya vimos en el capítulo dedicado a La región del Río de la Plata en qué situación se hallaban aquellos indios... Se comprende, pues, que el intento de hacerles pasar de aquella vida tan salvaje a una vida civilizada y cristiana no podía ir adelante sin gravísimos riesgos para los misioneros, por parte sobre todo de los caciques, y más aún de los brujos y hechiceros.

Lo raro es que en las reducciones sólamente se produjeran treinta y dos mártires. Juan Pablo II ha canonizado de ellos al padre Roque González de Santa Cruz (1576-1628), que fue párroco de la catedral de la Asunción, antes de ser jesuita, y que es el primer santo de Paraguay, y a los padres Alonso Rodríguez y Juan Castillo, nacidos en tierras de España, en Zamora el primero (1598-1628) y en Belmonte (Cuenca) el segundo (1596-1628). Estos dos fueron connovicios del padre Nieremberg, que hizo la crónica de su vida y martirio (en Varones ilustres de la Compañía de Jesús, 4, Bilbao 1889, 358-375). Con fingimientos primero, y con el ensañamiento habitual después, los tres fueron muertos por caciques que antes fueron amigos, y después se revolvieron contra las reducciones.

Los tres habían sido beatificados en 1934 por Pío XI. Y Juan Pablo II, en la homilía de canonización, hizo un gran elogio de la acción misionera en las reducciones, subrayando también que «la labor inmensa de estos hombres, toda esa labor evangelizadora de las reducciones guaraníticas, fue posible gracias a su unión con Dios. San Roque y sus compañeros siguieron el ejemplo de San Ignacio, plasmado en sus Constituciones: "Los medios que unen al instrumento con Dios y lo disponen a dejarse guiar por su mano divina son más eficaces que aquellos que lo disponen hacia los hombres" (n.813). Fundamentaron así, día a día, su trabajo en la oración, sin dejarla por ningún motivo. "Por más ocupaciones que hayamos tenido -escribía el padre Roque en 1613-, jamás hemos faltado a nuestros ejercicios espirituales y modo de proceder"» (16-5-1988).

Fueron, sí, muchos los misioneros mártires. El padre Cipriano de Barace (1641-1702), navarro roncalés de Isaba, fundó misiones entre los indios mojos (moxos), al norte de Bolivia, durante 27 años, evangelizando también entre los vecinos baúres, guarayes y tapacuras. Autor de varios escritos -Doctrina cristiana en lengua moja, Costumbres y vida de los indios chiriguanos, con algunas aportaciones sobre su lengua, Cánticos en honra de la Virgen Nuestra Señora en lengua castellana y moja-, murió flechado y a golpes de macana en una entrada misionera a los baúres. Era el 16 de setiembre de 1702, fiesta de San Cipriano, patrón de Isaba. Murió aferrado a una cruz, y diciendo «Jesús, María, padre San Francisco Javier».

Fueron muchos los misioneros mártires. En 1711, por ejemplo, se da otro martirio, el del padre Lucas Caballero, fundador de la reducción de Nuestra Señora de la Concepción. Fue atacado por indios infieles puyzocas, y según refiere el jesuita Juan Patricio Fernández, murió de rodillas ante una cruz que llevaba consigo, «ofreciendo la sangre que derramaba por sus mismos matadores e invocando los dulcísimos nombres de Jesús y de María» (Tentación 109).

La expulsión de los jesuitas

En general, el mundo hispano-criollo, encomenderos, comerciantes, clero secular, desde el principio, vió con hostilidad las reducciones, en las que ni siquiera se podía entrar sin autorización. Hubo, sin duda, autoridades representantes de la Corona y algunos obispos que las apreciaron y apoyaron mucho. Pero, en todo caso, abundaron sobre ellas las calumnias y falsedades, que llegaron hasta Europa, y alimentaron también la Leyenda negra.

Algunas de las persecuciones sufridas por las reducciones guaraníes merecen ser recordadas. Entre 1640 y 1661 las reducciones fueron duramente hostilizadas por Bernardino de Cárdenas, obispo de la Asunción, y luego de Popayán. Y entre los gobernadores, conviene recordar como enemigo acérrimo de los jesuitas y de las reducciones a don José de Antequera, que finalmente murió ajusticiado (1731). Pocos años después, cuando se alzó una Comuna revolucionaria en Asunción, el ejército guaraní colaboró decisivamente con las fuerzas reales en el sometimiento de la ciudad (1735), cosa que no aumentó, ciertamente, la simpatía de los criollos hacia las reducciones. Tantas fueron, en fin, las acusaciones contra los jesuitas y las reducciones, que en Madrid se ordenó una investigación a fondo. Y el resultado, completamente elogioso, fue la Cédula grande de Felipe V (1743).

Pero se avecinaban tormentas aún más graves. En 1750, el Tratado de Límites entre España y Portugal implicaba la cesión a los portugueses de siete reducciones. 30.000 guaraníes rechazaron en absoluto el dominio lusitano, entre otras razones porque en Portugal estaba legalizada la esclavitud. Se levantaron en armas en 1753 y fueron diezmados. Con esa ocasión, los jesuitas quedaron tachados de instigadores. El Tratado, sin embargo, fue revocado en 1759.

El golpe definitivo vino en 1767, cuando Carlos III expulsó a los jesuitas de España y de todos sus dominios. La operación policíaca fue encomendada por el conde de Aranda al marqués de Bucareli, nombrado para ello gobernador de Buenos Aires. Como ya vimos al referir esta expulsión en México (278), las terminantes instrucciones disponían la muerte del gobernador si después de cierta fecha quedase en su circunscripción algún jesuita, incluso enfermo o moribundo. Escuadrones de caballería, el 22 de julio, dieron cumplimiento a la orden -«Yo, el Rey»- (Decreto, +Tentación 185).

En esos años, políticamente ignominiosos, España mereció perder América, que era ya una inmensa parte de sí misma. Qué lejos quedaba la época en que Reyes católicos, asistidos por Consejos honrados de juristas y teólogos, se afanaban por servir a la verdad en la justicia. Por lo que a las reducciones se refiere, ha de decirse que mientras la política española inspiró sus decisiones en el Evangelio, ellas siempre encontraron en la Corona ayuda y defensa. Pero en la misma Corona encontraron su ruina cuando ésta tuvo por consejera a la Ilustración, representada en las enciclopédicas personas del conde de Aranda y de don José Moñino. Éste fue recompensado con el título de conde de Floridablanca por haber conseguido el gran triunfo político de arrancar en 1773 al papa Clemente XIV no ya la expulsión de los jesuitas del Reino de España, sino su completa extinción (Breve Dominus ac Redemptor).

A causa de ese decreto, 68 misioneros hubieron de abandonar para siempre a los 93.181 indios que vivían en 32 reducciones: 13 en el Paraná, 17 en el Uruguay y 2 en el Taruma. La expulsión de los jesuitas suprimió bruscamente de la América hispana la preciosa acción misionera de 2.700 religiosos, ocasionando daños gravísimos en la Iglesia. Todos los padres debían ser desembarcados en Cádiz, pero 420 murieron en la travesía, a causa de los malos tratos sufridos en la prisión y de las privaciones que soportaron en el barco. Reposan en el Atlántico, en el corazón de Dios y en la memoria agradecida de la Santa Iglesia Católica.

Los jesuitas sobrevivientes sufrieron en Europa el grave síndrome de abstinencia de América, que muchos padecemos.

Llanto sobre las reducciones arruinadas

Los mayores sufrimientos, sin embargo, fueron los de los indios, que por esa causa quedaron abandonados sin pastor. De momento, continuaron las reducciones una vida precaria bajo diversas fórmulas sustitutivas: con clero secular o con otros religiosos, menos numerosos y preparados. Pero su decadencia fue inevitable, hasta que desaparecieron en las guerras de la independencia.

Evocaremos el dolor de los indios transcribiendo algunas partes de una Carta del Cabildo de la Misión San Luis Gonzaga dirigida al gobernador de Buenos Aires, marqués de Bucareli (Tentación 186-188; Lugon 207). Lleva fecha del 28 de febrero de 1768, poco después de que los jesuitas de aquella reducción, anticipándose a la expulsión, la abandonaran.

«Dios te guarde a ti que eres nuestro padre... Nos han escrito pidiéndonos ciertos pájaros que desean enviemos al Rey. Sentimos mucho no podérselos enviar, porque dichos pájaros viven en las selvas donde Dios lo crió y huyen volando de nosotros, de modo que no podemos darles alcance... Pedimos ahora que Dios envíe la más hermosa de las aves, que es el Espíritu Santo, a ti y a nuestro Rey para iluminaros y que os proteja el santo Angel.

«Llenos de confianza en ti, te decimos: Ah, señor Gobernador, con las lágrimas en los ojos te pedimos humildemente dejes a los santos padres de la Compañía, hijos de san Ignacio, que continúen viviendo siempre entre nosotros, y que representes tú esto mismo a nuestro buen Rey en el nombre y por el amor de Dios. Esto pedimos con lágrimas todo el pueblo, indios, niños y muchachas, y con más especialidad los pobres.

«No nos gusta tener cura fraile o cura clérigo... no han tenido interés por nosotros. Los padres de la Compañía de Jesús sí, que cuidaron desde el principio de nuestros antepasados, los instruyeron, los bautizaron y los conservaron para Dios y para el rey de España. Así que de ningún modo gustamos de párrocos frailes o de párrocos clérigos. Los padres de la Compañía de Jesús saben conllevarnos, y con ellos somos felices sirviendo a Dios y al Rey, y estamos dispuestos a pagar, si así lo quisiere, mayor tributo en yerba caamirí...

«Esto es la pura verdad, te decimos, y si se hace lo contrario, se perderá pronto este pueblo y otros pueblos también, para sí, para el Rey y para Dios, y nosotros caeremos en poder del demonio. Y entonces, a la hora de nuestra muerte, ¿a quién tendremos que nos auxilie? A nadie absolutamente...

«Por tanto, señor Gobernador bondadoso, haz como te suplicamos. Y que nuestro Señor te asista y te dé su gracia continuamente. [Siguen las firmas]» (Tentación 186-188).

Esta hermosa carta puede servir de epitafio para las reducciones guaraníes de los jesuitas.

El marqués de Bucareli, pensando quizá que el influjo de la Ilustración era para los indios más benéfico que el del Evangelio, puso gran empeño en procurar el bien de las reducciones, evitando abusos, y enviándoles administradores de Asunción, Corrientes, Villarica y de otras ciudades vecinas. Con ellos entraron en tromba hacendados y comerciantes, ansiosos por las riquezas de las reducciones, no tan inmensas como las forjadas en la leyenda, pero en todo caso sumamente apetecibles.

Como dice Jean-Paul Duviols, «raros eran los administradores de los pueblos que se abstenían de malversaciones y cohechos. La riqueza económica fue mucho peor administrada por los funcionarios reales de lo que había sido por los jesuitas. Aquéllos, considerando su gestión esencialmente como una fuente de beneficios inmediatos, practicaron un pillaje económico que empobreció progresivamente a los pueblos» (Tentación 56).

Las poblaciones misionales se fueron despoblando, se abandonaron las mejores tierras, cayeron en la ociosidad talleres y fábricas, y a los diez años de la expulsión de los jesuitas, sólamente en nueve reducciones había aún escuela. A principios del XIX, lo poco que quedaba de las reducciones fue arrasado en las guerras de la independencia. Es demasiado triste para ser contado... Quedan ahora, invadidas por la selva en muchos casos, las ruinas ciclópeas de las iglesias misionales, algunas galerías derrumbadas, restos de graneros y talleres... Estas ruinas son el testimonio patético de la victoria de la Ilustración sobre el Evangelio.

Adversarios de las reducciones

La hostilidad de no pocos de los españoles y criollos del Plata contra las reducciones, a la que ya hemos aludido, está bien expresada por un tal M. Haÿs, administrador del asiento de negros en Buenos Aires, que, sin avergonzarse de su cargo, en una Mémoire publicada en Amsterdam en 1717, vuelca contra los jesuitas un cúmulo de denuncias.

Acusa a los jesuitas de que podían levantar en las reducciones, en pocos días, un ejército de sesenta mil hombres: «el pretexto para mantener siempre alerta a tan grande cantidad de tropas son los paulistas, que hacen incursiones en las misiones para raptar a indios. Pero los españoles de mayor entendimiento juzgan de otra manera y afirman que es con el solo fin de impedir que todo el mundo -sin excepción- tenga acceso a las Misiones. La precaución adoptada de no enseñar la lengua española a los indígenas y de hacerles un caso de conciencia si frecuentan a los españoles basta para descubrir cuáles son los verdaderos propósitos de los padres jesuitas»...

Es necesario «dar a conocer que la ambición de gobernar como soberanos y el deseo insaciable de amasar riquezas inmensas es su único propósito... Esas gentes deberían hallarse en condición de libres y poseer tierras y deberían gozar de la libre disposición de sus cosechas y del producto del trabajo; así sería una colonia como Dios manda: y gracias a todo ello se tendría la circulación de los bienes, o sea, el comercio, tal como se practica en el resto de las colonias. Se reconocería la autoridad del Rey y se conservarían sus dominios» (Tentación 167-169).

Por lo demás, los hombres de la Ilustración, antes de que se enfriara en su tumba el cadáver de las reducciones, se dieron el gusto de escupir sobre ellas. Así, en 1769, Matías Anglés y Gortari, corregidor de Potosí, hizo sobre las reducciones un informe al virrey del Perú, en el que -al parecer, para justificar su extinción- asegura que de estos indios «se apoderan los vicios, obscenidades y demás delitos de tal suerte que causa gran lástima y desconsuelo; y sólo los dichos padres se esfuerzan en alabarlos y atribuirles unas virtudes y perfecciones que jamás las han conocido, ni practicado; y me parece que puedo decir con toda realidad que tanto distan sus indios de profesar el cristianismo, como distan estas Misiones de ser verdaderas y apostólicas misiones» (Tentación 164).

En esos mismos años Louis Antoine de Bougainville, navegante francés que cumple en las Malvinas una misión al servicio de España, publica el Journal du voyage autour du monde (1766-1769), en el que se permite escribir cosas como éstas:

«Creo que no deja de ser interesante saber de qué modo viven aquellos curas sultanes. En cada parroquia no hay más que dos jesuitas... El cura vive en una casa grande cerca de la iglesia, la cual tiene dos partes... En la otra parte hay un crecido número de mujeres, jóvenes o casadas o viudas, según la elección del cura, que hacen trabajar en tareas diversas bajo la custodia e inspección de ancianas -lo que en Asia llaman serrallo se llama aquí seminario-. El alojamiento del padre cura comunica interiormente con estas dos partes...

«Estos indios son tristes, tiemblan sin cesar bajo la férula de un maestro pedante y severo, no disfrutan de ninguna propiedad y están sometidos a una vida trabajosa cuya uniformidad es suficiente para morirse de aburrimiento» (Tentación 188-189).

Algunas verdades sobre las reducciones

La destrucción de las reducciones hoy prosigue en los historiadores liberales, que o bien las ignoran o desprecian, presentándolas como el fruto ambiguo del despotismo ilustrado de los jesuitas, ávidos de riquezas y de poder, o bien las consideran como un curioso empeño humanitario, de inspiración utópica renacentista, y sin específico impulso cristiano. Por eso, si ya que en el «Siglo de las Luces» la realidad histórica de las reducciones fue arruinada por las fuerzas políticas ilustradas y progresistas, hoy es necesario que al menos defendamos su verdad histórica de estas mismas fuerzas.

Muchos hay, por otra parte, cristianos incluídos, que, al margen de prejuicios ideológicos, simplemente desconocen la historia de las reducciones, y piensan de ellas más o menos que fueron un experimento curioso, muy reducido, por lo demás, que no pudo resistir la prueba del tiempo, y que, por tanto, se puede ignorar perfectamente. Como dice Lugon, «nuestra cultura de jóvenes cristianos ignora la existencia de esta república cristiana, "triunfo de la humanidad", en muchos aspectos, al decir de Voltaire» (15). Así las cosas, convendrá dejar asentadas algunas afirmaciones ciertas:

-1. Las reducciones guaraníes produjeron una verdadera nación, lo que algunos historiadores han llamado la República Guaraní, un cuasiestado, con grandes autonomías, ligado en muchas cosas de modo directo a la Corona de España. Cuestión difícil de precisar es la cifra de población, ya que los informes dan a veces cifras dispares, quizá porque el impuesto de la Corona se fijaba en función del censo, y también porque los jesuitas, temiendo provocar al mundo criollo con la grandeza de las reducciones, procuraron siempre empequeñecerlas en la apariencia. Algunos autores opinan que llegaron a tener unos 150.000 habitantes, y Anton Sepp hablaba de 200.000.

Lo que estas cifras significan no puede apreciarse debidamente si no se tiene una idea, ni siquiera aproximada, de la demografía americana de la época. Sirva, pues, como un dato orientador señalar que en 1725 Buenos Aires tenía unos 5.000 habitantes, y que hacia 1800 las provincias de Buenos Aires y de Paraguay, juntas, incluyendo indios, negros y mestizos, apenas llegaban a los 270.000 habitantes. Otro dato: el obispo de Buenos Aires, tras una visita pastoral realizada en 1681, escribía al Rey acerca de los indios de las reducciones, y afirmaba que sobrepasaban con mucho en población y en armas a todo el resto de las provincias, y que vivían muy independientes, pues «penden solo de su arbitrio». Así pues, lo que destruyó el rey Carlos III no fue un insignificante conjunto de pintorescas reservas de indios norteamericanos, sino una nación fuerte y perfectamente organizada.

-2. Las reducciones del Paraguay tuvieron una vida próspera y durable. Y es de notar en esto que, en general, las comunidades utópicas cristianas, estimuladas por ideales religiosos, han mostrado una perfección y perduración mucho mayor que las comunidades utópicas socialistas o románticas, impulsadas puramente por ideales humanitarios. Diversos estudios sociológicos, como el de HenriCharles Desroches, así lo muestran (Sociologie des sectes).

Las comunidades utópicas creadas por el socialismo de Owen, Cabet o Fourier, aunque a veces mostraron una cierta prosperidad económica, nunca pudieron durar. Ninguno de los treinta falansterios de Fourier, que fueron uno de los intentos utópicos de mayor duración, duró más de doce años. Eran cuerpos sociales ideológicos, voluntaristas, sin alma, y que por tanto estaban destinados a ser muy pronto cadáveres. Tampoco el utopismo de los kibutzim israelitas pudo, tras varios decenios, mantener los heróicos planteamientos de su origen, y se fueron aburguesando más y más, configurándose progresivamente al mundo tópico.

Es un dato cierto, reconocido por muchos autores, que las reducciones guaraníes han sido las comunidades utópicas más perfectas y durables de la historia. Ellas, en este sentido, y en general muchas de las poblaciones misionales de América, aparecen como un milagro moral obrado por Cristo Salvador a través de los hechos de los apóstoles de América. La instantaneidad en la curación de los indios y la perduración de sus efectos sanantes son las notas que caracterizan un milagro genuino. A los cinco o diez años, los guaraníes, que antes eran aquello, han venido ahora en las reducciones a ser esto, lo que no es posible sin un milagro de la gracia de Dios.

-3. Las reducciones guaraníes terminaron por la violencia de factores exteriores. En efecto, después de siglo y medio de feliz existencia, si no hubieran sido destruídas por factores externos y violentos, las reducciones hubieran podido continuar su vida indefinidamente, con las evoluciones históricas normales, hasta venir a dar quizá en una nación india soberana y autónoma.

De hecho, en el momento de su extinción, las reducciones se hallaban en plena prosperidad económica, como puede apreciarse en los datos proporcionados por Fernández Ramos. Al ser expulsados los jesuitas, se hizo un censo del ganado existente en las estancias misionales, y en él no se incluyeron las dos mayores, San Miguel y Yapeyú, de las que se señala que las cabezas eran innumerables. En el resumen sobre el conjunto de las Misiones se dan estas cifras: cabezas de ganado bovino, 769.869; ovino, 38.141; caballos, mulas y burros, 139.634.

En la no continuidad de las reducciones, expulsados ya los jesuitas, pudo influir precisamente su extraordinaria peculiaridad formal, tan diversa de los poblaciones hispanas o indias del entorno. Comparándolas, por ejemplo, con las comunidades misionales de indios regidas por los franciscanos, señala Rubén Bareiro Saguier:

«A diferencia de los jesuitas, aquéllos lo intentaron en pueblos de indios, relativamente abiertos, sin que se estableciera el sistema de control estricto ni de organización minuciosa vigente en las Misiones. Los pueblos de indios gobernados por los franciscanos conservaban, posiblemente para bien y para mal, ciertas características propias de la cultura indígena en su modo antiguo de vida. Pero en otros aspectos los franciscanos permitieron la hispanización mucho más que los jesuitas; así los pueblos de indios estaban más occidentalizados que los de las Misiones» (Tentación 47-48).

-4. El sistema misionero de las reducciones y poblaciones de indios fue el más frecuente en América hispana. Cuando hoy se habla de las reducciones en América suele pensarse en las reducciones de los jesuitas en el Paraguay. Pero la verdad es que, como ya hemos dicho, desde el comienzo mismo de la conquista y evangelización de América la norma de concentrar a los indios fue clara y general.

En Guatemala, para 1550, la mayoría de los indios vivía en pueblos nuevos. En México, la política reduccional fue intensamente procurada por el virrey Velasco (1550-1564), y el virrey Montesclaro se esforzó en completarla (1603-1605), afectando así a gran parte de la población indígena. En el Perú, como ya vimos, a partir de 1573 el virrey Toledo impulsó con gran empeño y eficacia la reducción de los indios. Y en 1602 intentó lo mismo en Nueva Granada el visitador Henríquez, aunque con escaso éxito.

Ciertamente no siempre es fácil, por otra parte, distinguir en cada caso si una población indígena es un poblado misional, una doctrina o una reducción. En todo caso, sí ha de afirmarse que en el mundo misional de la América hispana hubo muchísimas doctrinas, reducciones y poblaciones misionales de indios. Citaremos algunos ejemplos.

La misión entre los indios mojos, en el actual departamento de Beni, al norte de Bolivia, fue realizada por un pequeño grupo de jesuitas, entre los que se distinguió, como hemos dicho, el padre Cipriano Barace. Ya hacia 1700, a los quince años de apostolado, había en ella 20.000 indios en 8 reducciones. Varias décadas más tarde, en 1734, las reducciones en esta zona eran ya 20, con unos 35.000 indios. Y si se consulta el mapa actual, podrá verse que la mayoría de las ciudades de esa zona, Trinidad, San Borja, Santa Ana, San Joaquín, etc., nacieron como poblados misionales.

La misión entre los indios chiquitos y otras tribus del Alto Perú ofrece una fisonomía semejante. Llevada también en esos años por los jesuitas, llegó a formar 10 reducciones. La expulsión de los jesuitas, realizada tan bruscamente en 1768, produjo gravísimos daños en éstas y en muchas otras reducciones que hasta entonces vivían con indudable prosperidad material y espiritual.

Las 7 reducciones dependientes del obispado de Santa Cruz de la Sierra, en el Chaco merecen ser igualmente recordadas: San Francisco Javier, de 1692; San Rafael, 1696; San José, 1697; San Juan Bautista, 1699; la Concepción, 1699; San Miguel, 1718, y San Ignacio, 1724. No siempre estos poblados misionales eran tan perfectos como las reducciones guaraníes, pero en todo caso constituían muy notables realizaciones comunitarias de civilización y religiosidad.

En el siglo XVIII la Corona española no insistió ya en la congregación de los indios en poblados, salvo en las fronteras. La fundación entonces de poblados indígenas, en lugares que hasta entonces se habían mantenido en un aislamiento rebelde, solía ser hecha casi siempre por misioneros, y casi siempre en condiciones extremadamente duras y peligrosas. Pedro Borges, sin la pretensión de ofrecer una lista completa, enumera para esa época las siguientes poblaciones misionales (AV, Iberoamérica 365):

«En California se fundaron 24 poblados entre 1768 y 1827, entre ellos los actuales San Francisco y Los Angeles; en Guayana se establecieron 52 entre 1682 y 1820, con 6.946 habitantes en 1774; en la cuenca del Amazonas se erigieron 119 entre 1638 y 1767, con 160.000 habitantes en 1724; en el Perú se congregaron en 1572 un total de 226 caseríos de la región de Arequipa en 22 poblados, mientras que en la selva se establecieron 90 entre 1631 y 1815...

«A finales del siglo XVIII, concretamente en 1789, la evangelización se desarrollaba en un total de cincuenta circunscripciones o territorios misionales, destribuidos de la siguiente manera: Estados Unidos: tres (Alta California, Texas y Nuevo México) con 110 poblados y 58 misioneros; México: doce (Baja California, Sonora-Pimerías, Tarahumaras, Nayarit, Coahuila, Nuevo León, Nueva Vizcaya, Nuevo Santander, Río Verde, Huasteca, Sierra Gorda y Yucatán), con 328 poblados y 202 misioneros; Honduras: dos (Río Tinto y Comayagua), con 2 poblados y 5 misioneros; Costa Rica: uno (Talamanca), con 4 poblados; Panamá: uno (Veragua), con 5 poblados y 12 misioneros; Colombia: ocho (Popayán Nieva, Putumayo-Caquetá, Llanos de San Juan, Meta, Llanos de Santiago, Casanare, Barinas-Pedraza, Santa Marta-Río Hacha), con 45 poblados; Venezuela: seis (Nueva Barcelona, Nueva Guayana, Orinoco-Río Negro, Guayana, Cumaná, Maracaibo), con 117 poblados; Ecuador: uno (Mainas), con 32 poblados y 12 misioneros; Perú: tres (Huánuco, Cajamarquilla, Lamas Trujillo), con 9 poblados y 30 misioneros; Bolivia: cinco (Chiriguanos, Salinas, Chené, Chiquitos y Mojos); Paraguay: uno, con 19 poblados; Argentina: cuatro (Gran Chaco, Corriente, Paraná y Río Cuarto), con 20 poblados; Chile: tres (Chiloé, Valdivia y Arauco), con 96 poblados y 48 misioneros.

«De esta manera, sigue diciendo Borges, las fronteras de la evangelización terminaron coincidiendo con las fronteras de Hispanoamérica, más los Estados Unidos desde San Francisco hasta Carolina del Norte» (365). Por eso, los patéticos intentos, hoy tan frecuentes, de escribir la historia de América silenciando la función de la Iglesia o relegándola a un capítulo aparte, nos hacen pensar en una biografía sobre Mozart en la que se olvidara decir que fue un músico célebre o en la que se consignara este detalle en un apéndice.

Elogios de las reducciones guaraníes

Cuando el mundo hace alabanzas del Reino, suele tratarse de elogios ambiguos y a veces sospechosos. No citamos, pues, aquí los puntos de elogio que sobre las reducciones pueden hallarse en Montesquieu, Voltaire, Rousseau, o en otros enciclopedistas e ilustrados. Estos autores no entendían nada de la inspiración fundamental de las misiones, y hablando desde sus ideologías, citaban en seguida a Platón, Esparta y los lacedemonios, ignorando casi todo de la realidad concreta de las reducciones. Limitaremos, pues, aquí nuestra memoria a unos pocos elogios más significativos.

Guillaume Thomas Raynal, exjesuita que abandonó el sacerdocio, y que sumó su pluma a la de los enemigos de la Iglesia, tan numerosos en el XVIII, escribía poco después de la expulsión de los jesuitas: «Cuando en 1768 salieron de manos de los jesuitas las Misiones del Paraguay habían alcanzado éstas un grado de civilización que es, quizás, el máximo a donde pueden ser conducidas las nuevas naciones y que era, seguramente, muy superior a todo lo que existía en el resto del nuevo hemisferio» (Tentación 200).

A fines del XIX, un socialista inglés, Cunningham Graham, estudió in situ las reducciones del Paraguay, y pudo interrogar a ancianos guaraníes, cuyos padres habían vivido en las reducciones. En su obra A vanished Arcadia, publicada en 1901, atestigua la veneración que todos guardaban hacia la memoria de aquellos misioneros: «No hay un viejo que no se incline a su solo nombre; que no recuerde con una viva emoción aquel tiempo feliz». Si el gobierno de las comunidades, dejándose de ideologías, es para procurar eficazmente la felicidad de los hombres, hay que afirmar que «los jesuitas hicieron a los indios felices; el hecho es cierto».

Pío XII (12-8-1949) declaraba al ministro del Paraguay: «Estas realizaciones sociales han quedado allí para la admiración del mundo, el honor de vuestro país y la gloria de la Orden ilustre que las realizó, no menos que para la de la Iglesia católica, pues ellas surgieron de su seno maternal».

Las reducciones guaraníes han sido las comunidades utópicas más perfectas y durables de la historia. Esta afirmación aparece como indudable en el libro mío, Evangelio y utopía, donde estudio en la historia el impulso utópico, tanto en su expresión literaria, como en sus realizaciones experimentales.*


Venerable Vicente Bernedo, apóstol de Charcas Indice de Hechos de los Apóstoles en América Evangelización del Brasil

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